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	<title>La Fábrica de Mitos Urbanos &#187; Cuento</title>
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		<title>Tarde plomiza en El Péndulo</title>
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		<pubDate>Fri, 05 Aug 2011 22:37:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>La Bruja</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La tarde gris del martes 2 de agosto hizo los honores a la lectura realizada en el Foro del Tejedor de la Cafebrería El Péndulo, en su flamante sucursal de...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/07/P1000100.jpg"><img class="alignright size-thumbnail wp-image-3529" src="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/07/P1000100-150x150.jpg" alt="Rowena y Carlos" width="198" height="175" /></a>La tarde gris del martes 2 de agosto hizo los honores a la lectura realizada en el Foro del Tejedor de la Cafebrería El Péndulo, en su flamante sucursal de la Colonia Roma, a donde llegaron Rowena Bali y Carlos Bustos para compartir los relatos que publican en sus obras <em>El ejército de Sodoma</em> y <em>Fantásmica</em> respectivamente. Armados con tableta la una, y libro el otro, comenzó el evento en una suerte de duelo tête-à-tête (o teta a teta, aplicando la metáfora elevada), o intercambio cuentístico al más puro estilo chilango pa´ti-pa´mí, dentro del marco de “El café de los cuentistas” que se celebra los martes primos de cada mes.<br />
Rowena abrió la lectura con su relato “El hoyo”, Carlos con “Catacumbas”, y ambos alternaron sus propias fantasías entretejiendo con su arte una suerte de telaraña en la que los que ahí estuvimos nos perdimos y, sin darnos cuenta, quedamos atrapados.<br />
A “El hoyo” siguieron “La vida horizontal”, “Amorosa”, “El niño del vaticinio”, y “Recuerdo vívido”, con los que Rowena transitó de la romántica languidez de los personajes de los primeros relatos, hacia el humor negro del último, a tono con la cotidianeidad que actualmente cobran los hechos violentos y noticias macabras.<br />
Por su parte Carlos Bustos prosiguió, después de leer “Catacumbas”, con “La torre”, “El calamar” —relato en alta mar— , “Licantropía”, y cerró la lectura con “La habitación”. Las referencias que hace el autor a los sitios en los que ocurren las cosas que narra nos remiten a los paisajes urbanos, sitios familiares a cualquier citadino, que en la imaginación podemos concebir tal y como Carlos los muestra en sus relatos: desde urbes devastadas — “Catacumbas” —, monumentales rascacielos que se convierten en contenedores de lo inexplicable, lo maligno, o lo terrífico —“La torre”—, o la angustiosa mortificación de un número que batalla en un cuarto de hotel —“La habitación”—.<br />
Fuera del foro se hizo de noche, de modo que cuando nos pudimos liberar de esta telaraña perpetrada entre dos, los que acudimos regresamos al trajín nocturno citadino después de un momento atemporal entre fantástico, romántico, y siniestro.<br />
Una nueva experiencia para la bruja que esto escribe. Todavía encuentro restos de telaraña en mi escoba, ¡qué molesto!<br />
Bali, Rowena.<em> El ejército de Sodoma</em>. México: Colofón, 2011.<br />
Bustos, Carlos. <em>Fantásmica</em>. México: Colofón, 2011.</p>
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		<title>Extraños</title>
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		<pubDate>Thu, 21 Jul 2011 04:07:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Obrero Invitado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
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		<description><![CDATA[1 Miras la foto que has encontrado sobre la repisa donde has colgado tu abrigo a falta de perchero, no es común colgar algo sobre una repisa así como encontrar...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a title="Alvaro y paloma* by Fotografiando segundos *, on Flickr" href="http://www.flickr.com/photos/fotografiandosegundos/2639466696/"><img src="http://farm4.static.flickr.com/3167/2639466696_26f7624de1.jpg" alt="Alvaro y paloma*" width="600" /></a></p>
<p>1<br />
Miras la foto que has encontrado sobre la repisa donde has colgado tu abrigo a falta de perchero, no es común colgar algo sobre una repisa así como encontrar una foto empolvada. Plata sobre gelatina. Tiene un hombre con gafas parado entre dos ventanales con un cerro visible que alguna vez tus ojos vieron rumbo a un camino incierto, pasan los días, acomodas muebles, llenas poco a poco el librero, meticulosamente como tus años y manías. No puedes parar de mirar esa foto de hecho la reubicas, la pones justo en el estudio ese que tiene una ventana grande y un sillón. Observas y asechas Al hombre de la foto, decides luego escribir sobre él , sobre el misterio de sus ojos y el cerro que alguna vez viste, haces muchas deducciones y llegas a la más certera después de un gran análisis, un par de cigarros; esa foto vieja era del antiguo inquilino ese que pudo haber dejado parte de su pasado en una foto a blanco y negro como la que dejaste tu en algún otro lado, te inmutas luego no te importa más nada hasta que tu gato amarillo al que no has podido nombrar después de seis meses juntos maúlla para que le sirvas leche, es justo en ese momento en el que descubres que ese hombre, el de la foto es quien y acecha y te observa es como si estuvieras encerrada en ese marco negro y es quien de ti escribe.</p>
<p>2<br />
Miras con atención la foto de esa mujer que tiene cara de duda sobre tus anteojos, la reconoces o recuerdas tal vez con familiaridad por que alguna vez estuviste en la cuidad, debiste haber traído hace un par de años no más de cuatro la foto ahora que la has sacado de una caja empolvada te parece objeto decorativo para ese espacio rojo.<br />
Pasan los días y tomas detalle de la mujer miras impertinencia en sus ojos queriendo inventar un pasado presente mientas escribe su novela con un personaje central muy parecido a tu gesto.</p>
<blockquote><p>A Gerardo:</p>
<p>Me llevo a caminar por corrientes de papel, se escondió luego en mis letras, me regalo gerberas y osaba por reír de mis corajes .Logro desnudar mi persona con un poema mal escrito de la noche gris, lo bese sin cobardía como nunca lo suave de sus labios me llevaron a sitios distintos, a veces bebíamos café y hablábamos de la vida, otra veces cuando nos veíamos por la tarde me enredaba con sus dedos haciendo música donde me tatué su nombre. Se reía de mí el amor y aun así no deje de atacar a Cupido. Me llevo a ver la luna mientras se perdía en lo obscuro de los pensamientos. Poco a poco se fue quedando a pesar del tiempo, del maltrato que nos juega el<br />
Tiempo, antes de que se marchara le recrimine no entenderme y amorosamente espero varias lunas para perderse nuevamente, cuando regreso me llevo a caminar entre letras y no quise hacer mas caso del tiempo…se nos extinguía la vida. Abrí los ojos e inmóvil lo vi postrado en la cama, no respondió a mi voz, es tan bello dormido.</p></blockquote>
<p>De pronto no te importa más la foto decides dejar por lo sano es una desconocida piensas mientras das un sorbo a tu mate, esa costumbre es nueva en ti y tratas de buscarle sentido a la foto, al cabo de unos días decides dejar tu vida espacio, sales y respiras ese cerrito como despidiéndote , ahora sabes que la mujer de la foto no es ficticia te lo dice tu sentido común, has decidido ir a buscarle a tu antiguo hogar ese edificio muy viejo cercano a l eje central donde te dejaste justo en una repisa cuando te mudaste a Xilitla dejando tu pasado y esa foto que te dejara ella, la otra, la innombrable, tu ex mujer y ruina, pero los ojos de lo desconocido pero los ojos que alguna vez has visto te están esperando</p>
<p>3<br />
Abres tu caja de recuerdos hay fotos, cartas de interminables amores y postales, entre ellas una de San Lis Potosí, el cerro de Xilitla al fondo, esa imagen la has visto desde que llegaste al nuevo piso, has convivido con ella te acercas a la foto has decidido ponerla David al de la pared, a veces él y tu gato son capases de escuchar tu antología de reproches. Ves la similitud de los cerritos improvisas una maleta y decides ir a buscarle</p>
<p><a href="http://www.contaconesrojos.blogspot.com/">Carmen Ochoa</a></p>
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		<title>GOLEMÓN: Capítulo 6. Muerte</title>
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		<pubDate>Fri, 10 Jun 2011 22:45:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Obrero Invitado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<description><![CDATA[La tarde que iba a morir, Golemón no había bebido. Su cuerpo había empezado a desgastarse tiempo atrás, su barniz ya no brillaba, se descascaraba y había que barrer pedacitos...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/golemon_br.jpg"><img class="size-full wp-image-2941 alignleft" title="golemon_br" src="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/golemon_br.jpg" alt="" width="300" height="389" /></a>La tarde que iba a morir, Golemón no había bebido. Su cuerpo había empezado a desgastarse tiempo atrás, su barniz ya no brillaba, se descascaraba y había que barrer pedacitos de piel de Golemón. Él solito lo hacía. Había cortado una escoba para que fuera más fácil y cada mañana barría con cuidado los restos de su cuerpo. Ese día no barrió. Cuando entré en la casa a eso de las 7 pm, Golemón estaba llorando, sin rabia, tan sólo con la amargura y la impotencia de sentirse absolutamente desarmado y vulnerable. En el centro de la sala estaba un oso de peluche gigante, el que había sido mi compañero de cuarto en mi infancia. El oso tenía la mirada idiota y feliz. Alma estaba acurrucada con mirada desafiante sobre la panza del oso. Golemón la miraba con ojos de corderillo. Oí hablar a Alma por primera vez:<br />
-Prefiero a este maldito oso estúpido que volver a tocarte a ti, asqueroso perro de la desdicha –Alma brillaba fulgurante. –Ese viaje en la cajuela del auto del imbécil ese ha sido la peor experiencia de mi corta vida. Eres un perro faldero, una sucia madeja de hilo, un diente de leche, una execración de este sucio universo de mierda. Te aborrezco, pero únicamente porque sólo una palabra tan fea puede describir lo que siento por ti.<br />
Golemón la miraba fijamente tratando de entender de dónde salía tanta maldad.<br />
-Alma, –susurró Golemón, apenas con la potencia suficiente para que Alma y yo lo oyéramos -eres una mujer sin alma<br />
Traté de hacer algo al respecto, cualquier cosa, aunque la verdad no tenía idea alguna de qué hacer. Hice un amague de ponerme en movimiento.<br />
-Tú te quedas ahí, pinche jodido –rugió la boquita hermosa de Alma.<br />
Hice lo que me dijo. Golemón se puso lentamente de pie.<br />
-Voy a matarme. Quiero que sepas que no lo hago por ti, y que no me interesa el efecto que mi muerte pueda tener en tu maligno espíritu. Muero porque no quiero seguir en este mundo donde aparentemente la violencia tiene que existir y manifestarse diariamente sobre nosotros. La rabia era mi razón de ser y ahora ha desaparecido, y más que dolor queda el vacío. Quise llenarlo de belleza, como quien llena un vaso de vino delicioso, pero fracasé. Tú me aborreces pero yo no. En el momento en que decido morir sólo tengo gratitud hacia el señor Martínez y hacia mi creador. No te desprecio en lo más mínimo, me desprecio a mí por haber sido soberbio y haberme creído indestructible. Si tuviera fuerzas para decirte algo personal, te diría que eres una perra del mal. Pero no lo haré, no quiero y no me importa ya. Así que por favor, pido que sea respetada la voluntad de un muñeco. No es el sufrimiento ni el dolor, es en verdad una decisión racional. Voy a morir y espero, señor Martínez, que me perdone por todo y que no impida mi muerte. Usted es un buen hombre y lo más humanitario es dejarme morir. Ya sabrá qué hacer con esta muñeca maravillosa y cruel.<br />
Caminó lentamente a la cocina y no volteó más. Cerró la puerta y a través del ventanuco, Alma y yo vimos cómo abrió la puerta del horno, subió sus rodillas con dificultad hasta que pudo pararse sobre la compuerta, giró la perilla y el resplandor de la llama del horno se reflejó en él, hizo que brillara su cuerpecillo y sus ojos muy abiertos. Bajó la cabeza y brincó al interior. La puerta del horno se cerró.<br />
De inmediato abrí la puerta de la cocina, con los ojos llenos de lágrimas. Respeté su decisión de dejarlo morir. Sentí absolutamente todo su dolor. Me senté en un banquito, metí la cabeza entre mis manos y me puse a llorar.<br />
Por un momento me olvidé de Alma. Cuando alcé la vista, Alma se las había arreglado para subirse a la estufa y estaba moviendo la perilla del horno. Pude ver que la giró de 260 a 140°.<br />
-Golemón. Arde lentamente, amor mío –dijo la bestia.</p>
<p><em><strong>David Mandujano</strong></em></p>
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		<title>GOLEMÓN: Capítulo 5. Decadencia y Caída</title>
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		<pubDate>Sun, 22 May 2011 17:50:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Obrero Invitado</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Llegamos a eso de las 11 de la noche. Sorprendentemente, el viaje fue pura armonía. Ambos muñecos viajaron en la cajuela del auto y no percibí ruido alguno durante el...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/05/IM004347.jpg"><img class="alignleft size-medium wp-image-3176" title="IM004347" src="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/05/IM004347-300x190.jpg" alt="" width="300" height="190" /></a>Llegamos a eso de las 11 de la noche. Sorprendentemente, el viaje fue pura armonía. Ambos muñecos viajaron en la cajuela del auto y no percibí ruido alguno durante el trayecto. Al abrir la cajuela, Golemón salió lentamente, con un gesto exótico de abatimiento, peculiar, nunca antes visto en su rostro. Cierta tristeza crispaba su expresión antes furiosa. Bajó del auto y apenas abrí la puerta de la casa entró y se sentó en el sofá, con los bracitos colgando a los lados, las piernas bien alineadas en paralelo. La muñeca era, o fingía con indiferencia ser una simple muñeca, inerte y ornamental. Bajé la caja cuidadosamente y coloqué a la muñeca en el sitio donde antes había colocado a Golemón. Los ojillos del muñeco eran dos perros sin rumbo. Me sentí mal por él, sin duda algo había sido trastocado en su interior durante el viaje. Me senté junto a él y ambos admiramos a la muñeca por casi una hora, sin hablar. Cuando me levanté para irme a acostar, observé algo irremediablemente humano en la mirada de Golemón. Dejé caer con pesadumbre mi mirada condescendiente y paternal sobre él. No era lástima lo que sentía por él, era simplemente la cara más desnuda de la simpatía por un igual.</p>
<p>-Eras un ser sin alma y ella te ha provisto de una –dije al melancólico Golemón, que no apartaba la vista de la muñeca. –Su nombre es Alma.</p>
<p>Al otro día, al despertar, me dejó perplejo la paz que irradiaba un Golemón durmiente, con la cabeza gacha, custodiando devotamente a Alma, mujer-muñeca inmóvil y desdeñosa, sin vida, en la misma posición en que la había puesto. Me fui tranquilo a la calle a buscar empleo.</p>
<p>Volví de la calle y encontré a Golemón en la misma posición, sentado, mirando con ojos tristes a Alma, quien seguía inmóvil, ignorándolo, ignorándome a mí, ignorando la vida. “Buenas noches” me saludó Golemón y en su vocecilla advertí el dolor.</p>
<p>-Siento mucho haberte hecho perder tu empleo –me dijo y casi me arranca las lágrimas.</p>
<p>Comprendí que lo que había percibido en Golemón la noche anterior, el inequívoco rasgo de humanidad, era el sufrimiento. Sentí mucha pena por él y por mí, por la gente que había sufrido, por la raza humana. Supe que Alma se había sumergido en la vorágine que era el alma de Golemón, siempre agresivo e intenso, la violencia. Ahora sufría con la misma potencia el arrebato de la pasión, como antes había experimentado la rabia desatada.</p>
<p>-¿Quieres que guardemos a Alma en la caja de Avícola San Juan? –pregunté a Golemón, con la esperanza de poder disminuir su dolor.<br />
-La belleza, la verdadera, la que hace sufrir, atraviesa absolutamente todo, cruza los mares, los más gruesos muros, los aislantes e impermeabilizantes. Atraviesa las pieles de piel, las de plástico, las pieles de madera hasta del más abyecto mono, como yo. No se puede ocultar el poder de la belleza.</p>
<p>Y Golemón, seguro habría llorado al concluir su discurso si en realidad hubiera sido un muchachito de verdad.</p>
<p>A eso de las 3 am sentí un leve jalón en la manga de mi camiseta. Encendí la lámpara y vi la angustia hecha muñeco, la desesperación encarnada en un pequeño ser, que en aquel momento me pareció más vivo que la mayoría de los humanos, los ojos grandes, las manitas suplicantes, todo el dolor embarrado en sus facciones.</p>
<p>-Perdóname que te despierte, pero… ¿tienes un trago?<br />
-Pero Golemón…<br />
-Te suplico, un trago, o dinero para un cuartito de ron, o cualquier cosa.</p>
<p>Humillado y triste Golemón sufría las inclemencias del insomnio. Junto a mi cama, en el buró, guardaba siempre una botella de ron para esos casos. Se la di. Agradecido, Golemón salió del cuarto y no hizo ruido alguno. Al otro día en la mañana supe que había vaciado la botella. Dormía profundamente, sin perder el rictus de desesperación, hecho bolita en el sofá. Alma, inmóvil y decorativa, tenía en su expresión una novedosa mueca de satisfacción.</p>
<p>Transcurrieron unas cuantas semanas. Yo buscaba trabajo y volvía ya entrada la noche. Comencé a llevarle diariamente una su botellita al pobre de Golemón, quien cada vez más parecía un muñeco de trapo. Alma siempre estaba inmóvil, fresca y majestuosa en su mesita. Golemón era un manojo de incertidumbre y tristeza.<br />
<em><br />
<strong>David Mandujano</strong></em></p>
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		<title>GOLEMÓN.Capítulo 4: Donde esta historia tiene un giro inesperado</title>
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		<pubDate>Fri, 13 May 2011 16:46:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Obrero Invitado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Metí a Golemón en la cajuela y emprendí un segundo viaje a Xalapa. Las cinco horas de camino escuché las cosas más horribles que alguien podría decir en contra de...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="alignleft size-medium wp-image-3134" title="golemon" src="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/05/golemon-300x241.jpg" alt="" width="300" height="241" />Metí a Golemón en la cajuela y emprendí un segundo viaje a Xalapa. Las cinco horas de camino escuché las cosas más horribles que alguien podría decir en contra de un ser humano. Se oía débil pero aterradora la voz agresiva de Golemón, así como los fuertes golpes de sus pequeños puños contra la lámina.</p>
<p>-¡SÁCAME CULERO! ¡ME SACAS O LE PASO UNA GONORREA A TU PINCHE ABUELA! ¡TE ARRANCARÉ LAS TRIPAS CON LOS DIENTES SI NO ME SACAS, PERRO! ¡HIJO DE PUTA, VOY A MATARTE Y LE DARÉ TUS RESTOS A LOS PERROS RABIOSOS! ¡PINCHE OJETE CULEROOOOOO! ¡MATARÉ A TU PADRE Y FORNICARÉ CON TU MADREEEEEEEEEE!</p>
<p>Cuando al fin llegué a Xalapa estaba exhausto. La niebla comenzó a posarse como una nata espesísima sobre la ciudad. Estacioné afuera del taller de Mezyar y Golemón seguía pateando y lanzando las más horribles injurias.</p>
<p>-Está listo su encargo, señor –dijo Mezyar al abrir la puerta.</p>
<p>-¿Sería mucha molestia si tomáramos café o tal vez un mezcal o algo fuerte antes? –ante mi rostro desesperado, Mezyar no pudo negarse. Sacó una botella de cocacola de dos litros y medio. Contenía un líquido transparente, del cual mi primera impresión fue que se trataría de thiner o aguarrás.</p>
<p>-Pox de San Dieguito, hecho en Tzimol, estado de Chiapas. El auténtico chucho con rabia –señaló el maestro mientras servía dos vasos.</p>
<p>–Está fuerte.</p>
<p>Vacié mi vaso de un trago y pedí más. Al sentir la quemazón en la garganta recordé las palabras que me había dicho Mezyar en mi primera visita. Él solamente me miraba con su mirada taciturna mientras daba sorbos pequeños a su vaso, fumando un cigarrillo con el gato en sus piernas. Al cuarto vaso de pox me sentí mal físicamente. Sentía tristeza y cansancio y sentí que lloraría en cualquier momento.</p>
<p>-Usted subestimó mi trabajo –comenzó Mezyar, acariciando el lomo del gato. –Creyó que su buena voluntad bastaría para que el muñeco hablara y sembrara armonía en los corazones de quienes lo escucharan. Pensó que yo era un fraguador de alegrías y bondades, una especie de payaso que regala figuras hechas de globos oblongos a los niños en las plazas públicas. La verdad es más peligrosa de lo que uno sospecha pero usted fue ciego y no quiso verlo. La verdad no genera paz sino todo lo contrario. El muñeco ha actuado con naturalidad, ahora usted llora porque se ha visto reflejado en él. No llore. Solucione el problema. Abra la caja.</p>
<p>Cuando el maestro Mezyar concluyó, yo ya lloraba a moco tendido. Lleno de vergüenza, caminé lentamente hasta donde estaba una caja de Avícola San Juan y me arrodillé para abrirla. De nuevo quedé maravillado. Admiré la destreza del artesano y me pregunté si no era una representación de Dios, habitante de la niebla y fabricante de muñecos. En el interior de la caja había una preciosa muñeca, de gestos pacíficos y mirada tierna. Su rostro tenía cierta afinidad con el deformado semblante de Golemón.</p>
<p><em><strong>David Mandujano</strong></em></p>
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		<title>GOLEMÓN.Capítulo 3: Aventuras de Golemón</title>
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		<pubDate>Thu, 05 May 2011 16:38:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Obrero Invitado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Telefoneé a Laura, antigua novia, a quien había hecho sufrir. Era domingo. -¿Qué mierda quieres? –me dijo al saber quién llamaba. -Querida Laura, quiero pedirte perdón. He cambiado, me he...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/golemon_br.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-2941" title="golemon_br" src="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/golemon_br-231x300.jpg" alt="" width="231" height="300" /></a>Telefoneé a Laura, antigua novia, a quien había hecho sufrir. Era domingo.<br />
-¿Qué mierda quieres? –me dijo al saber quién llamaba.<br />
-Querida Laura, quiero pedirte perdón. He cambiado, me he dado cuenta de cosas. Sólo quiero que no haya resentimientos entre nosotros. Te invito un café.<br />
Al cabo de media hora de súplicas y persuasión sutil, accedió a verme. “Le daré una bonita sorpresa” pensé mientras metía a Golemón en una mochila y salía a la calle, rumbo al café. Me senté en la terraza. Había buen sol, lo que me ponía de excelente ánimo. Esperando a Laura, puse cuidadosamente la mochila en la mesa y saqué a Golemón y lo coloqué sobre mi pierna.<br />
-¡Casi me asfixio, pendejo! ¡no vuelvas a meterme en esa puta mochila! –dije, con la voz del muñeco, jugando, y vi venir a Laura hacia nosotros, con cara de estar esperando de antemano una desgracia (nuestra relación no fue más que una desgracia).<br />
-Bueno –su rostro expresaba verdaderamente una molestia indescriptible- dime qué te traes entre manos, aparte de ese mono ridículo.<br />
-Yo y mi amiguito queremos hablarte –puse cara de idiota para reforzar mi buena voluntad- Mira, con el tiempo la gente cambia y lamenta las malas acciones cometidas en el pasado…<br />
-Lo que quiere decir este señor –interrumpió Golemón ante la mirada incrédula de Laura- es que lo corroe la culpa por las cosas que te hizo.<br />
-Bueno, sí. Mira Laura, yo, aunque te quise mucho, no supe cómo expresarlo. Tampoco supe cómo responder al amor que me diste…<br />
Hablé largo rato y Laura (al igual que Golemón, supongo) mantuvo su cara de aburrimiento.<br />
-Está bien, ya lo he superado –dijo Laura al fin, recuperando un poco del brillo cariñoso de sus ojos.- Es bueno que aceptes tu culpa y el daño que me hiciste…<br />
-¡AYYY, LA CULPA, AYYY EL DAÑO QUE ME HICISTE! AL PARECER TU ESTUPIDEZ TE IMPIDE DARTE CUENTA DE QUE TODA LA CULPA FUE TUYA, PERRA FRÍGIDA.<br />
Laura se quedó pasmada, luego comenzó a llorar y se fue corriendo. Yo no supe qué hacer ni qué decir. Asustado, metí a Golemón en la mochila y me fui de allí. Ya en la casa, saqué a Golemón y lo puse de nuevo en su mesita. Allí se quedó, no se movió para nada, pese a que lo estuve observando hasta que llegó la hora de dormir. Me fui a acostar. En la cama pensé qué era lo que podía haber sucedido. Después de mucho rato de reflexión, caí en cuenta de que lo que había dicho con tanta violencia el muñeco era la verdad, ella era la culpable de nuestro fracaso amoroso. “Ha de haber sido una manifestación de mi inconsciente. Fui cruel, pero al fin, dije verdad” y al concluir esto, me dormí tranquilo como un bebé.<br />
Desperté de buen humor, me bañé, me vestí y salí alegremente rumbo al trabajo. A una cuadra de la oficina recordé a Golemón. “Pobrecillo, se quedó solito” pensé y di la vuelta, lo recogí y me dirigí de nuevo a la oficina. Dejé su cabecita fuera de la mochila, para que respirara bien.<br />
-Ehhh, señor Martínez, llega usted tarde –dijo el jefe apenas crucé el umbral.<br />
-¡CÁLLESE PUTOOOOO! ¡YO LLEGO A LA HORA QUE SE ME DÉ LA GANA! –la cabecita de Golemón rugió con potencia y captó la atención de la oficina entera.<br />
-Ah, es usted ventrílocuo, señor Martínez –dijo el jefe antes de que comenzara a excusarme-. ¡Qué virtuosismo el suyo! Debería dedicarse a eso en sus ratos libres. Lo felicito. Ahora a trabajar.<br />
-¡TRABAJAR MIS HUEVOOOOS PINCHE TIRANOOOOO! –se desgañitó Golemón.<br />
-Ja ja já –se rió el jefe con desenfado.- ¡Qué gracioso! ¡Muñeco pelado! Ja já.<br />
El jefe se alejó contento y yo me dirigí a mi escritorio. No sabía qué hacer. Afortunadamente el jefe era un tipo muy risueño y tonto, pero la actitud de Golemón era preocupante. Aunque expresara con precisión lo que yo no me atrevería nunca a decir, era seguro que me metería en líos. Senté a Golemón en un banco y lo miré fijamente.<br />
-¿Qué me ves? ¿Te gusto? Pinche puto. Me voy a dormir un rato, así que no chingues –dijo Golemón y se echó en un rincón.<br />
Perplejo, no tuve otro remedio que trabajar. Golemón durmió hasta las 5, hora de salir. Lo metí con cuidado en la mochila para que no hiciera más estropicios. “Hasta luego Martínez”, dijo el jefe cuando me vio partir. Yo sacudí la mano discretamente, estaba apenado. Me apresuré a llegar a casa. Para mi alivio, Golemón era tan holgazán que siguió durmiendo hasta que yo al fin me acosté.<br />
A las 5 de la mañana oí ruidos. Golemón estaba en la cocina, hurgando en el refrigerador.<br />
-¡Buenos días! Creo que me he comportado mal y quiero compensarlo. ¡Haré un delicioso desayuno!<br />
Iluso y con buena voluntad, creí en las palabras de Golemón. Entré al baño a ducharme. Estaba yo cantando Nessun dorma cuando percibí un olor peculiar. Salí de inmediato. Las cortinas de la sala estaban incendiándose y Golemón se había subido al respaldo del sofá para orinar sobre el fuego.<br />
-JÁ. NO ME DECIDÍ ENTRE QUEMAR TUS PINCHES CORTINAS Y ORINARLAS, ASÍ QUE HICE AMBAS DOS. JÁ JÁ.<br />
- ¡Pero Golemón! ¿Y el desayuno? –dije mientras iba a llenar una cubeta de agua.<br />
-¡ME DIO HUEVA HACERTE TU PUTO DESAYUNO, MARICÓN!<br />
Logré al fin apagar el fuego y levanté a Golemón del cuello de la camiseta de niño chiquito que le había puesto después de la desaparición de su ropa. Golemón estaba rabioso y pataleaba con potencia. Sentí sus movimientos como los poderosos espasmos que dan los peces grandes al sacarlos del agua.<br />
-¡SUÉLTAME PENDEJO, SUÉLTAME QUE TE MATO HIJO DE PUTA!<br />
-¿Qué hiciste con tu ropa, Golemón? –le pregunté con seriedad mientras sus patadas casi llegaban con todo su odio a mi cara.<br />
-¡LA QUEMÉ IDIOTAAAAAAA! ¡SOY LA PURA VIRILIDAD Y ESE TRAJECITO ERA DE PUTITO! ¡LA QUEMÉ COMO VOY A INCENDIAR ESTA CASA CONTIGO DENTRO Y OJALÁ VENGA TU PUTA MADRE PARA QUE ARDA TAMBIÉN LA MUY PERRAAAAAAAA! –la furia de Golemón era tal que casi lloraba al no poder cumplir sus amenazas.<br />
Lo dejé, cuando al fin se cansó de patalear, sobre el piso y terminé de bañarme. Decidí llevarlo una vez más al trabajo, no fuera a incendiar la casa.<br />
Llegué a la oficina. Todos estaban pendientes de mi arribo.<br />
-Buenos días, licenciado Martínez –dijo Tita, la recepcionista.<br />
-¡VIEJA FEAAAAAAAAAAA! ¡NO SE ATREVA A HABLARME NUNCA MÁS! –rugió Golemón.<br />
-¿Qué hay, Martínez? –dijo Vargas, un colega.<br />
-¡PINCHE GORDO PUÑAL, VETE A LA VERGAAAAA! –exclamó con odio Golemón.<br />
-Hola, amigo Martínez, hola muñeco simpático –dijo Violeta, la secretaria del jefe.<br />
-¡PUTAAAAAAAAAAAAAAAA! –gritó Golemón.<br />
Avergonzado, tuve que encerrarme en mi oficina para regañar al poseído muñeco. Senté a Golemón en una silla y sentí, pesada, su mirada de odio, sus dos ojos inyectados de sangre, la tensión asesina, el semblante angustioso del criminal. Apenas iba a empezar a sermonearlo cuando se asomó Vargas por la puerta de mi despacho.<br />
-Martínez, el jefe quiere verte, pendejo. Es por el pinche Chucky ese. Y al rato te las vas a ver conmigo…<br />
-Sí, sí. Ahí voy –dije mirando seriamente a Golemón, quien se mantuvo callado pero iracundo. –Tú te quedas ahí, tranquilito.<br />
-No –dijo Vargas -el jefe especificó que era necesario que llevaras al muñeco.<br />
Cruzamos el pasillo y sentí las miradas desaprobatorias de toda la oficina. Me apresuré. Llevaba la mano puesta sobre la boquita de Golemón y sentía sus mordidas rabiosas.<br />
La oficina del jefe era pequeña, su escritorio estaba lleno de papeles y pequeños adornos. En medio había una placa metálica que decía:<br />
Ernesto Romero<br />
Jefe<br />
-Tomen asiento –dijo, con gesto tranquilo.<br />
-Sí, Romero. Pero antes… ¡QUÍTESE ESA RIDÍCULA PELUCA! –y Golemón se precipitó hacia él estirando sus manos.<br />
Romero se tocó la calva, avergonzado, abriendo los ojos grandes, con incredulidad. Golemón se paseaba brincando por todos los rincones de la oficina, con la peluca en la mano, triunfante. Se reía como el mismísimo Satanás.<br />
-He tolerado muchas ofensas, Martínez. Pero esto es demasiado. ¡Está despedido! –dijo el jefe, y fue la única vez que percibí autoridad en su voz.<br />
Juntaba mis cosas y oía los gritos y risas de Golemón en todo el piso. Estaba presumiendo su reliquia. Saltaba por todas partes con la peluca de Romero en la cabeza ante la diversión general y la desesperación de Violeta, encargada de recuperar la falsa cabellera. Era una escena agradable sin duda. Pero yo estaba triste y enojado, pues Golemón me había hecho perder mi empleo. Tendría que hacer algo para domesticar a esa bestia en que se había convertido o bien deshacerme definitivamente de él.</p>
<p><strong><em>David Mandujano</em></strong></p>
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		<title>Queso</title>
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		<pubDate>Wed, 27 Apr 2011 17:10:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Obrero Invitado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[GenteComún]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[- Mamá, ¡cómprame un perrito! - Ahora no, Isa, estoy ocupada. Isa estaba sentada en el banquillo de la cocina, mientras miraba el televisor. En él, se veía un bulldog...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/el_bulldog_ingles_razas_de_perros.jpg"><img class="alignleft size-full wp-image-3029" title="el_bulldog_ingles_razas_de_perros" src="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/el_bulldog_ingles_razas_de_perros.jpg" alt="" width="400" height="317" /></a>- Mamá, ¡cómprame un perrito!<br />
- Ahora no, Isa, estoy ocupada.</p>
<p>Isa estaba sentada en el banquillo de la cocina, mientras miraba el televisor. En él, se veía un bulldog inglés blanco, de esos que tienen una mota café en el ojo. El narrador decía que el perro le había salvado la vida a una niña al sacarla del río.</p>
<p>- Si yo tuviese un perrito, lo peinariiiia&#8230; y lo bañariiiia&#8230; y lo vestiriiiia&#8230; y lo abraz&#8230;<br />
- Sí, sí, Isa, pero aquí no hay espacio para uno de esos.<br />
- Está el jardín.<br />
- Están mis flores. Además, son muy sucios.</p>
<p>Isa revolvía el cereal. Cucharadas, trazos, cucharadas, trazos y trazos.</p>
<p>- Ya, mira como ha quedado mi dibujo.<br />
- ¿Tiene perros?<br />
- Eh, nooo. Bueno, uno. Tal vez dos. Unos cuantos, ya sabes.<br />
- Entonces no lo quiero. Se me hace tarde.</p>
<p>Cucharada, puerta abierta, cucharada, puerta cerrada, entonces Isa suspiró.</p>
<p>- Si yo tuviese un perrito&#8230;</p>
<p>Se sentó en el diván y subió los pies. En el televisor: &#8220;Mascotas increíbles&#8221;. Isa se sobaba la cabeza. Tomó una fritura de la mesilla del centro. Apagó el televisor. Se dirigió a su cuarto y colgó su dibujo junto al resto. Contó seis filas con doce dibujos cada una. Se asomó al jardín y no había nadie. Bajó las escaleras y no había ruido. Subió a la terraza y abrió un libro: &#8220;Cómo entrenar a su perro&#8221;.</p>
<p>Seis tonos y sonó la contestadora:</p>
<p>&#8220;Isa, ya voy para allá. Te llevó una sorpresa. En la alacena hay una bolsa de spaghetti, ponla a hervir en una olla grande y échale un diente de ajo y dos trocitos de cebolla. Besos.&#8221;</p>
<p>El libro estaba en el piso. Se abrió la puerta. Los ladridos subieron las escaleras antes que la mujer.</p>
<p>- Isa, no te dije que&#8230;<br />
- Perdón, mamá, estaba cansada.<br />
- Mira quien llegó.</p>
<p>El animal no medía más de treinta centímetros. Era blanco con un mechón gris en la cabeza. Le faltaba una pata y era particularmente feo. Se le subió en la pierna a Isa.</p>
<p>- ¡Mi perrito!</p>
<p>El primer día, Isa se levantó muy temprano y le dio de desayunar a Queso. Si, ya sé, que nombre tan tonto.</p>
<p>- Óyeme, tu estás aquí para contar la historia y nada más.</p>
<p>Cierto, cierto. Como decía, Isa sacó a pasear a Queso. Bueno, para ser sinceros, Isa salió a pasear con el perrito en sus brazos, tenía tanto miedo de que se le escapase que no lo dejaba ni tocar el suelo. Cuando el animal empezó a retorcerse en sus brazos, se metió a una veterinaria. El médico miró la criatura con desatino y le preguntó a Isa el nombre de su mascota.</p>
<p>- Se llama Queso.</p>
<p>El veterinario procedió a poner a&#8230; ya, en serio, Isa, ¿por qué le pusiste así?</p>
<p>- Pues ¿no le ves la cara? Es redondo y blanco y pues así, tiene cara de queso.</p>
<p>Anda, bueno, bueno. El veterinario procedió a poner a Queso en una mesa y le revisó las patas.</p>
<p>- Tu perro está muy sano, ¿qué es lo que buscabas?<br />
- Básicamente, una correa. Algo para que no se escape.<br />
- Pues la correa es opcional. Los perros de esta raza son bastante dóciles. Si los tratas bien, es probable que puedan caminar a tu lado o correr sin irse muy lejos.<br />
- Pero más vale estar seguros, ¿no?<br />
- Buen punto. ¿De qué color?<br />
- Verde esta bien.</p>
<p>El segundo día, Isa bañó a Queso y le cepilló el cabello hasta que se quedó dormido. Cuando se despertó, le dio de comer y le leyó un libro en voz alta. No es como que a Queso verdaderamente le interesase lo que Isa le leía, sin embargo, ambos habían estado solos mucho tiempo y la mútua compañía era reconfortante. Queso se acurrucó en las piernas de Isa y se quedaron dormidos hasta que la madre llegó.</p>
<p>El tercer día, Isa sacó a Queso a pasear con su verde correa atada al cuello. El perro caminaba altivo y confiado e Isa sonreía mientras los otros perros del parque se acercaban a oler al nuevo. Era el lugar favorito de Isa,  había pasado ahí mucho tiempo jugando con otros perros y se sentía tranquila cuando se sentaba bajo los árboles.</p>
<p>El cuarto día, Isa se la pasó todo el día frotando y acariciando el cabello de Queso. Fue entonces que le mordió la mano.</p>
<p>- ¿Por qué hiciste eso?</p>
<p>Nunca podremos saberlo, porque los perros no hablan&#8230; pero el alma sí. En los ojos de Queso se veía una mezcla de desesperación y arrepentimiento. Tenía el ceño fruncido, la boca apretada y las fosas de la nariz expandidas. Isa no estaba molesta, aunque sí confundida. Ese día se fue a dormir y dejó a Queso en su caja.</p>
<p>El quinto día no se vieron. Ni el sexto. Al séptimo día, Queso se acomodó en el regazo de Isa, quien leía &#8220;Seda&#8221;. La mascota frotó su cabeza dos veces contra el abdomen de la niña. Entonces fue que ella volvió a acariciar el mechón gris que coronaba al perro. Esta vez, sólo fueron unos minutos. Depositó a Queso en su caja y se fue a la cama.</p>
<p>El octavo día, Queso se despertó muy temprano y se subió a la cama de Isa. La sacó a pasear. Esta vez, la correa verde se quedó en casa. Llegaron a un pequeño paraje con una cabaña en el centro. Isa le compró agua a Queso y se compró un café. Se sentaron lado a lado. El perro recargó su barbilla en la pierna izquierda de la niña. Ella tocó su mala pata. El animalillo chilló agudamente y con fuerza.</p>
<p>De pequeño, Queso vivía en el parque que Isa solía visitar. La vio jugar un par de veces con otros animales, pero él nunca se acercó. Sabía que Isa sólo escogía a lo más bonitos, los más peludos, los más tiernos. En ese entonces aún tenía pata. Un día de verano, una niña se acercó y vio a Queso correr en el parque, si algo tenía es que era muy rápido. La niña lo tomó con cuidado y lo llevó a su casa. Lo bañaba, lo peinaba y lo sacaba a pasear regularmente. Él frotaba su cabeza contra la pancita de la niña cuando la veía llorar y la hacía reír sacudiendo sus belfos.</p>
<p>Un día de invierno, Queso estaba echado sobre la cama de la otra niña, la que no era Isa. Oyó los gritos de un hombre y una mujer. Luego platos, gritos, platos, gritos y gritos. La pequeña entró corriendo a su cuarto y azotó la puerta, se acostó sobre la cama. Queso se acercó con cuidado y puso su barbilla sobre la pierna de la niña. Ella lo retiró hacia un lado. Entonces se subió a la cabecera y puso una pata en la cabeza de ella. La mujercita cerró los ojos y estiró la mano con fuerza. La ventana estaba abierta.</p>
<p>Los padres de la niña no querían un perro cojo. Además, era muy cansado escuchar sus lamentos por la noche. El domingo siguiente, regresaron al perro a donde lo habían encontrado. Los demás perros del parque lo acogieron, pero los visitantes del parque no. Queso se acercaba a los niños pequeños y ellos lo pateaban. Se acercaba a los ancianos y ellos se alejaban. &#8220;Cojo&#8221;- le decían- &#8220;cojo y feo&#8221;. Fue entonces que Queso dejó de acercarse a la gente.</p>
<p>Un día llegó una mujer como buscando algo. &#8220;Este es perfecto&#8221; -dijo-. Tomó al perro en sus brazos y lo subió a su camioneta. Fue entonces que supo que su nombre sería Queso.</p>
<p>Ahora Queso sentía un profundo dolor en su pata. La herida nunca cerró realmente. Isa lo notó cuando vio algo rojo en sus dedos. Se asustó mucho y acudió corriendo al veterinario.</p>
<p>- Sólo hay que coserlo, ¿cómo es que no lo vi antes?<br />
- Seguro fue porque la herida estaba cubierta de pelo.<br />
- Es probable. Pero bueno, ya te lo puedes llevar.</p>
<p>Al noveno día, Isa se quedó en casa a cuidar a su perro. Le curó la herida con agua oxigenada un par de veces. Frotó su panza, cabeza, panza, cabeza y cabeza. Queso había sido pateado y rechazado tantas veces, que le costaba mucho trabajo creer que Isa lo estaba cuidando en ese momento. Por eso la mordió el otro día. Pensó que lo que seguía era la ventana. Y la caída.</p>
<p>El décimo día, Queso se paró muy contento. Despertó a Isa con un lengüetazo y la encaminó a la escuela. A la salida, ya la estaba esperando. Caminó junto a ella hasta la casa y se acomodó en su regazo hasta que terminó la tarea. Después, subieron a la terraza y ella se puso a leer &#8220;El Encanto del Erizo&#8221; en voz alta. Queso se acomodó a su lado. Ella lo abrazó con fuerza por el cuello.</p>
<p>Cuando despertó, no vio a Queso. Tampoco había ladridos. Entonces sintió algo duro en su espalda. El perro yacía inerte sobre el sillón. Isa se asustó mucho y comenzó a llorar. Acarició el mechón gris.</p>
<p>- Despierta, Queso, ya es hora de ir a la escuela.</p>
<p>Nada. Ni un ladrido.</p>
<p>- Anda, flojo, vamos a llegar tarde.</p>
<p>Sin respuesta. Lo sacudió un poco y cada vez con más fuerza. Cuando vio que su pecho no se movía, lo tomó del cuello, lo acomodó en su regazo y lo abrazó fuerte, muy fuerte. Luego lo soltó. No se movía. Isa se dirigió al jardín con el bultito en sus manos. Su madre había hecho unos hoyos para plantar rosas y tulipanes. Acomodó a Queso en uno de ellos y frotó el mechón gris. Luego se alejó. Tomó una tablilla y escribió en ella:</p>
<p>&#8220;Aquí duerme Queso. Perdona que tanto calor te haya derretido.&#8221;</p>
<p>Caminó nuevamente hacia el jardín con la tablilla en una mano y el hombro derecho en la otra. La cabeza agachada. Cubrió el cuerpecillo con una manta que encontró en el cobertizo. Se sentó en el pasto junto a él, una mano en el mechón, cara, mechón, lágrima, mechón, lágrima y lágrima. Ahí pasó el viento y los pájaros. Silencio. Tres horas parecieron diez minutos. Entonces cubrió la manta de tierra y colocó la tablilla sobre el montículo. La hundió un poco hasta que se quedó quieta.</p>
<p>Ya no llores, Isa.</p>
<p>- Lo ahogué, ¿entiendes? Lo ahogué. Tenía tanto miedo de que se fuera. De volver a estar sola. Era un perro precioso, ¿sabes? Con su mechón gris y esos ojitos que lo decían todo, aunque no hablara. Con él me sentía importante. Sólo quería demostrárselo. Eso. Que era importante para mí y que me hacía sentir importante.</p>
<p>Hay otras formas. A lo mejor lo sabía. A lo mejor no.</p>
<p>- Mejor estar seguros, ¿no?</p>
<p>Tal vez. Depende. No a todos les gusta que estés encima de ellos. Hay que darles su espacio.</p>
<p>- Yo sólo quería que lo supiese.</p>
<p>El libro estaba en el piso. Se abrió la puerta. Los ladridos se escuchaban en el cuarto.</p>
<p>Despierta, Isa, es hora de ir a la escuela.</p>
<p>Era el onceavo día.</p>
<p><strong><em>Ricardo Reyes</em></strong></p>
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		<title>GOLEMÓN. Capítulo 2: de cómo transcurrió el primer mes en compañía de Golemón</title>
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		<pubDate>Tue, 26 Apr 2011 17:22:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Obrero Invitado</dc:creator>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/24006026.jpg"><img class="alignright size-medium wp-image-3007" title="Golemon " src="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/24006026-158x300.jpg" alt="" width="158" height="300" /></a>El muñeco llevaba un trajecito como de tirolés: un overol de terciopelo verde y camisita amarilla y su cabecita estaba tocada con un sombrerito de fieltro negro. El muñeco fue bautizado como Golemón. Me pareció una mezcla divertida del Golem y esos monos de Pokemón. Lo coloqué en una mesita en la sala, en un lugar muy visible, quería que todos lo vieran y admiraran su esplendor.<br />
Todas las tardes, volviendo del trabajo, practicaba el ventrilocuismo con Golemón. Ensayé noches enteras, emocionado, sediento de elocuencia y verdad.<br />
Fueron transcurriendo los días y mis progresos eran loables. Fui convenciéndome de que cuando dominara el arte del ventrílocuo, sería la mejor persona del mundo. Ensayé discursos y gestos, distribuí con minuciosidad las partes que me correspondería enunciar a mí y las que le tocarían a Golemón. Cuando no lo tenía sobre mi pierna hablaba con él, le contaba cosas, lo instruía para que fuera bueno. Un día, con sinceridad, le dije “eres el mejor amigo que he tenido” y lo abracé.<br />
Determiné que al término de un mes estaría listo para expresarme a través de Golemón.<br />
Los pequeños detalles extraños que tuvo ese mes, cuando no los ignoraba, los atribuía a un probable sonambulismo. En ocasiones sentí, en duermevela o en la profundidad del sueño, que alguien me tocaba suavemente la cabeza o los pies, o me destapaba. Algunas cosas por las mañanas estaban en sitios donde yo no recordaba haberlas dejado. Felizmente, reconvenía a Golemón:<br />
-Ah diablillo –le decía sonriendo-, has estado inquieto en la noche.<br />
Y Golemón, inmóvil en su mesita, con la sonrisa apacible y sus zapatos de piel.<br />
No les daba importancia a esas cosas, era feliz en compañía de Golemón, aunque debo reconocer que hubo un par de incidentes que sí me parecieron sospechosos. El primero fue aproximadamente a los 15 días de la llegada del muñeco. Entré al baño a darme una larga ducha y a los pocos minutos, el agua estaba fría. Interrumpí mis abluciones y fui a inspeccionar el calentador. Estaba apagado. Cosa rara, no había corrientes de aire por ahí. Revisé el tanque de gas, había suficiente. Me dejó un par de días extrañado y al fin lo olvidé, no se volvió a repetir en aquel mes. El segundo incidente fue más extraño. Un día, regresando del trabajo, entré a la casa y noté que Golemón estaba en su sitio habitual, con su expresión habitual, pero desnudo. Tras unos minutos de extrañeza, atribuí aquel hecho a Tere, la sirvienta que iba una vez por semana. Seguramente había sacudido al muñeco y le había parecido que su ropa estaba sucia y se la había llevado a lavar. Con el espíritu tranquilo, entre práctica y dicha, transcurrió el mes.</p>
<p><em><strong>David Mandujano.</strong></em></p>
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		<title>GOLEMÓN. Capítulo 1: De cómo nació Golemón</title>
		<link>http://fabricademitos.com/golemon-capitulo-1-de-como-nacio-golemon/</link>
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		<pubDate>Mon, 18 Apr 2011 16:00:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Obrero Invitado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>

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		<description><![CDATA[Las dos sensibilidades, la propia y la ajena, atemorizan al común denominador de los hombres (donde me incluyo) a la hora de hablar con libertad y comunicar claramente sus deseos...]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div id="post-body-8337254789380062867">
<div>Las dos sensibilidades, la propia y la ajena, atemorizan al común denominador de<a href="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/golemon_br.jpg"><img class="alignright size-large wp-image-2941" title="golemon_br" src="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/golemon_br-789x1024.jpg" alt="" width="370" /></a> los hombres (donde me incluyo) a la hora de hablar con libertad y comunicar claramente sus deseos y opiniones. Por esto encargué al maestro Mezyar, hábil fabricante de marionetas, títeres y otros monigotes, un muñeco de ventrílocuo. “Simpático, pero con cierto aire de solemnidad”, le había comentado por teléfono al maestro Mezyar. Este desplazamiento de la propia identidad me permitiría sin duda expresar con libertad lo difícil, lo que se traba entre la laringe y la lengua y encalla como barco mudo en el mar de saliva. Ventrílocuamente podría reconocer lo que no se quiere, lo que se desprecia de uno mismo, aceptar debilidades y virtudes propias con justicia y sin vanagloria. Podría al fin expresar sin artificios poéticos pobres los recovecos de mi sensibilidad, la pasión, el horror, el amor y la gratitud hacia los demás. A través del muñeco me conocería a mí mismo y proyectaría hacia afuera mi verdadera naturaleza.<br />
Viajé en automóvil a Xalapa a recoger mi encargo. El taller del maestro Mezyar se situaba en un barrio periférico.<br />
-Este barrio se confunde con la niebla. Cuando ésta cae con su espesura fantasmal, me siento en este taller como en el interior mismo de la niebla. En el interior de la niebla es donde deben habitar los muñecos- las palabras del maestro resonaron fuerte en mi interior, poéticamente, sin embargo, no presté atención a su contenido.<br />
El maestro se sentó en una silla y encendió un Delicado. De inmediato, una sombra negra saltó como un silbido sobre su regazo, como si una de los millares de marionetas que descansaban en las hileras de repisas, una sombría, hubiera cobrado vida y buscara desesperada a su figura paterna.<br />
-A este gato le gusta el humo del cigarrillo. Morirá de enfisema -dijo Mezyar.<br />
-¿No le intimida, no lo abruma tal cantidad de muñecos en su casa? –su cama desordenada y angosta estaba justo en medio del taller.<br />
-A veces sueño que están vivos y que viven sus vidas a placer, ignorándome desde la superioridad que les da la ausencia de necesidad de comida y bebida, así como de ir al baño –el maestro arrojó su delicado a un cenicero, que era una cabeza de madera puesta de cabeza y continuó. –Otras veces sueño, o alucino, no lo sé con certeza, que me atacan y me sacan los ojos. Entonces empiezan a morderme rabiosamente y yo sólo siento como me desintegro, pedacito por pedacito, y trato de ignorar el dolor y la angustia identificando a cuál de mis creaciones pertenecen las fauces que me desgarran el cuerpo.<br />
-El horror, el horror –dije yo, estúpido, plagiando.<br />
-Ah, sí, el horror. Pero también a veces sueño que bailan festivamente y son felices, o que me veneran como a su dios y cantan sin cesar el himno de mi gloria, me traen el periódico o un libro, mi café, mi tabaco, y se quedan sentaditos y en silencio esperando mis órdenes. El grupo de músicos –señaló a un cuarteto de cuerdas colocado en una de las repisas altas- toca cuando así lo dispongo y así, todos mis hijos me complacen.<br />
Me quedé en silencio, interpretando perplejo al artesano. En su semblante advertí una mezcla extraña de seriedad, tristeza y aburrimiento.<br />
-Su encargo está en esa caja de Avícola la Trinidad –dijo señalando debajo de la mesa de plástico, tan poco sofisticada que hacía un contraste ridículo con la perfección y complejidad de los rasgos, miembros y expresiones de sus marionetas.<br />
-Ah, sí, mi encargo –dije, de nuevo, estúpidamente.<br />
Al abrir la caja quedé maravillado. El muñeco era el equilibrio perfecto entre simpatía y solemnidad, justo lo que deseaba.</div>
<div>Abracé al maestro en un trance de alegría y él refunfuñó. Avergonzado, le pagué lo acordado ante su negativa de recibir el extra que ofrecí por la satisfacción obtenida.<br />
-Hasta luego –dijo cerrando la puerta del taller.<br />
Yo, contento, saqué al muñeco de su caja y lo coloqué sentadito en el asiento del copiloto y le ajusté el cinturón. En la caja de Avícola la Trinidad puse unos cuantos sixes de cerveza para el camino de vuelta a casa.</div>
<div><em><strong>David Mandujano</strong></em></div>
</div>
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		<title>Variaciones</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Apr 2011 00:10:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Obrero Invitado</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos Cotidianos]]></category>
		<category><![CDATA[literatura]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_2891" class="wp-caption alignleft" style="width: 233px"><a href="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/Hombres_leyendo.jpg"><img class="size-medium wp-image-2891" title="Hombres leyendo" src="http://fabricademitos.com/wp-content/uploads/2011/04/Hombres_leyendo.jpg" alt="" width="223" /></a><p class="wp-caption-text">Hombres leyendo, Francisco de Goya, 1819-1823</p></div>
<p>Hace algún tiempo, mientras me hallaba escribiendo este relato, oí que afuera gritaban levemente mi nombre, pero no me levanté ni respondí. Llovía. Los gritos eran demasiado débiles y no me gusta tratar con tímidos.</p>
<p>Al día siguiente, a la misma hora, oí los gritos nuevamente; esta vez eran más fuertes y resueltos. Pero tampoco quise abrir porque no me agradan los que se corrigen demasiado pronto.</p>
<p>El día posterior, siempre a la misma hora (siempre a la misma hora), los gritos fueron repetidos en tono violento y antes de que pudiese levantarme vi abrirse la puerta y adentrarse la infame figura de un hombre bastante joven, el rostro desmadejado (lo que eso signifique), la cabeza abyecta que inclinaba torpemente sin decir palabra. Me miró por un momento. Se siguió de frente hasta el viejo sillón. Dejó caer todo su peso como si cargara sobre él una fatiga milenaria. Dio un largo suspiro con la boca abierta. Me miró de nuevo. Dijo mi nombre sin afán ninguno de dirigirse a mí. Sacó de entre sus ropas un libro amarillento y lo abrió en una separata. Vi el nombre de Papini en la portada. Pensé que el hombre me diría algo, pero no; se consagró a leer con fruición y yo no le dije nada porque no me gusta interrumpir la lectura de nadie.</p>
<p>Lo miré estupefacto varios minutos. Confundido, vagué un rato por las habitaciones escrutando con desidia las paredes, sin sentido. Fui a la cocina y desde la puerta me puse a observarlo. Advertí sus zapatos hechos un desastre, abiertos, mostrando parte de sus dedos destrozados. Fruncía el ceño y movía los labios: leía. Me serví un vaso de agua y regresé a la estancia. El hombre: impasible; mi escritorio: aguardándome. Me senté a escribir con cierta incomodidad pero con gran apuro. Continué con la escritura de este relato, una historia en la que había trabajado tanto tiempo y en la que ahora parecía inmiscuirse el hombre a mis espaldas. Le tomé un ligero rencor, pero lo olvidé pronto. Transcurrió largo rato en que incluso había olvidado ya lo sucedido, cuando oí que el sujeto volvía a pronunciar mi nombre con una voz profunda, casi lúgubre. Me volví asustado. El eco de su voz rondaba aún en mis oídos y en los distintos aposentos. No despegaba la vista del volumen y no fingía (o por lo menos yo estaba seguro de que no fingía). Retorné un poco contrariado a mi trabajo pero resuelto a que nada me distrajera de mi empeño. Afuera seguía lloviendo.</p>
<p>Alrededor de las once de la noche me levanté de mi escritorio y recordé que el hombre no se había movido de su asiento. Creí que era hora de mostrar un poco de cortesía. Fui hasta su sitio. Me paré frente a él con gran compostura, mas no atiné a decir una palabra. Opté entonces por acudir a la cocina a calentar un poco de café. Junto a la estufa colegí la frase que utilizaría para dirigirme a él. Me bebí un vaso de agua y regresé a la estancia.</p>
<p>—Señor —dije—, usted y yo no nos conocemos pero, ya que se halla en mi casa, permítame ofrecerle un poco de café o incluso, si usted acepta, puedo preparar una modesta cena para ambos. ¿Qué me dice?</p>
<p>El hombre pareció no escucharme. Le repetí mi propuesta pero comprendí que yo no le interesaba. Leía un libro en mi casa, sentado en mi sillón, pero yo no importaba. Suspiré. Mientras preparaba la cena me descubrí lágrimas en los ojos. No importa. Me senté a comer enfrente de él e intenté charlar pero era imposible. Más tarde volví a leer el relato que estaba a punto de concluir. Corregí ciertas desmesuras y aclaré las oscuridades. Era casi la una de la madrugada. No me agrada desvelarme tanto.</p>
<p>—Disculpe —le dije al hombre—, se queda usted en su casa, voy a dormirme. Que pase buena noche.</p>
<p>Previsiblemente no obtuve respuesta. Me encerré en mi habitación, me arropé y apagué la luz. Oía los balbuceos del hombre al leer y me llegaba una leve angustia. Sin embargo, logré dormirme. Recuerdo vagamente el sueño que tuve.  Me hallaba sentado en mi escritorio escribiendo este cuento. Había un hombre que leía atrás de mí y ocasionalmente pronunciaba mi nombre. Justo cuando me encontraba a la mitad del sueño, un grito me devolvió. El sujeto gritaba mi nombre como llamándome, casi un lamento. Mi primer impulso fue envolverme en las cobijas. Un terror súbito. Pronto pensé que tal vez de verdad necesitaba algo. Me levanté con cautela y alcancé la estancia. Seguía leyendo.</p>
<p>—¿Necesita algo? —le pregunté— ¿Acaso le ha venido el apetito? ¿Quiere utilizar el baño?</p>
<p>El hombre, por única ocasión, desvió la mirada del texto y me vio. Hubiera preferido que no lo hiciera. En sus ojos guardaba una rosa oscura. Una cosa muerta, un espejo roto. Odio a la gente poco cortés.</p>
<p>Fui a mi escritorio y vi los originales de mi relato. Me dio vergüenza. Frases engorrosas, giros poco afortunados. Un final predecible aún no escrito.</p>
<p>Oí que gritaban mi nombre. Me volví. El sujeto del sillón no había sido. Gritaron una vez más. Era en la calle. Me senté y comencé a borronear las hojas. Los gritos todavía eran demasiado débiles y no me gusta tratar con tímidos.</p>
<p>Alejandro Arteaga.</p>
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