High fidelity: madurez, amor y música pop

Posteado en 5:34 pm | Categorias: Fabrica de mitos


No referiré aquí a los expertos, aunque podríamos citar a varios (de Rousseau a Freud, de Foucault a Marcuse); lo que quiero decir es que todos los estadios de nuestra vida no son sino constructos culturales. Ayer yo cantaba “métete Teté, que te metas Teté” ante la mirada extrañada de una amiga que me recordó algo que se me olvidaba: ella no fue niña en México sino en Cuba. No es lo mismo, aunque se pudiera pensar.

Aunque nosotros creemos que nuestra biografía es personal, debemos admitir que en alto grado está determinada por los constructos a los que me refería. Sabemos que somos felices en la medida en la que nuestra vida se parece a los comerciales. Cada ámbito humano está sometido a estándares, lo queramos o no.

El amor no podía ser la excepción. No por nada hay un clásico del american songbookque dice que cuando el amor verdadero al fin ha llegado la vida es como una canción (Cfr. Etta James “At last”). Y con toda es información enfrentamos lo cotidiano: llenos de expectativas irrealizables que nos confunden y esclavizan.

High fidelity, de Nick Hornby,  es una novela de iniciación del hombre contemporáneo; la anécdota es un rito de pasaje de la niñez a la edad adulta. El protagonista es Rob, un tipo común y corriente, inglés y melómano. Suena simple, pero no lo es. El libro de Hornby tiene permanencia y debería ser más leído por muchas razones, pero me concentraré en tres.

La primera de ellas es que Rob es un personaje absurdo. Gracias a eso, la novela está dotada de anécdotas originales, brillantes y, claro, dolorosas. Reímos entre lágrimas al vernos retratados en un hombre de treinta y tantos que ha caído en el abismo creado por sus expectativas y el mundo concreto. Rob no sabe si está enamorado, no sabe si ya es un adulto, no sabe si es feliz y no sabe cómo resolver nada de eso. Además, él mismo narra su historia, con falsa solemnidad pero también con crudeza. A ratos nos burlamos de él, a ratos nos identificamos, y por momentos él nos confronta directamente: cuando ha dicho alguna tontería que hace, piensa o siente, de inmediato nos recuerda que nosotros no somos distintos. Rob es un renegado, pero ante todo es un cobarde. No exagero si digo que cualquiera es Rob, es decir, que todos lo somos.

Si en los textos griegos y medievales los valores que necesitaba un hombre para considerarse como tal estaban claros y los individuos aspiraban a poseerlos, en la era contemporánea esto es distinto. Las nociones se han perdido, las fronteras no son claras y nadie está ansioso por alcanzar la madurez. Nadie quiere estar seguro de quién es o de qué es su vida. La adolescencia es una era dorada perpetuada por la estética de la duda. Rob no quiere renunciar a esta edad de la inocencia maliciosa, pero no puede dejar de sentirse aprisionado por ella. En ello radica su conflicto. Pensemos ahora que esta angustia existencial de nuestro tiempo está retratada con un humor inglés impecable -aunque sea pleonasmo-. Hornby equilibra forma y fondo: habla de lo profundo con ligereza, mueve a risa sin perder de vista lo esencial.

He dejado para el final la razón más evidente por la que High fidelity no carece de celebridad: el soundtrack. La novela está plagada de referencias a la música y, en general, a la cultura pop contemporánea. Hacer la ruta musical junto con el protagonista hace de ella una experiencia hipertextual que cualquier melómano agradece.

El gran punto en contra del libro es que no es fácil de conseguir. La traducción de Anagrama cuesta en México 350 del águila y pierde mucho del humor original. Conseguirlo en inglés es posible a través de amazon.com, a un precio no tan descabellado.

Sé que Hornby es un escritor hipster -en la acepción que tiene esta palabra en estos días-, y que sus novelas se han convertido en películas taquilleras y lacrimógenas, y que es comercial y descafeinado. Sin embargo, su prosa es inteligente e ingeniosa, y eso es mucho más de lo que se puede decir de muchos que sí se creen literatos actualmente. Hornby es un escritor eficiente y su libro -ahora lo entiendo- le puede decir mucho más a un lector contemporáneo que la mismísima Ilíada (hablo de un lector promedio). Y si nada de eso los convence, qué diablos, no lo lean. Yo sabré lo que se habrán perdido.

La historia de Amandititita vs. Disquerototota

Posteado en 4:48 pm | Categorias: Musica, Opinion Obrera

Si alguien escribe sobre mitos urbanos, ésa es precisamente Amandititita: en su repertorio desfilan la Mataviejitas, los personajes de la vida cotidiana y las celebrities región 4 que fabrica nuestra televisión. Aunque sus letras remiten a algunos de los creadores que ella misma reconoce como sus influencias directas – Jaime López, Silvio Rodríguez, La Maldita, el escritor Guillermo Fadanelli y Rockdrigo-, no sólo por el uso del lenguaje coloquial, sino por la crítica manifiesta a ciertos modos sociales, era curioso notar que sus canciones eran tomadas como una broma más que como una burla. De alguna manera, cuando yo escuchaba a la gente referirse a las rolas de Amandititita, me daba la impresión de que se reían de un chiste que realmente no estaban entendiendo.

amandititita1 Volví a pensar en ello cuando la veía promocionar su tono de celular, y cuando la vi asistir a ciertos programas de Televisa, donde era, el mejor de los casos, entrevistada torpemente  (en el peor, simplemente ignorada). Por un momento no supe cómo interpretar las cosas, ¿sería posible que Amanditita fuera un producto más de la televisora y, a la vez, cantara burlonamente que no podía serlo? ¿O sería tal vez que hay compromisos que no se pueden eludir una vez que uno le ha vendido su alma a una transnacional? Esta disyuntiva no podía perdurar demasiado, como explica la propia compositora: “fue muy desafortunado para mí la mercadotenia que me dieron, me lastimó verme entre la mierda y ahora estoy tratando de remediarlo , por lo que estoy en una fuerte demanda con SONY”.

Mi pregunta era, ¿qué es realmente la anarcumbia? ¿Una forma de entretenimiento, una crítica? ¿Ambas? La propia reina me explica cuáles eran sus verdaderas intenciones: “la música es un pretexto, lo que importa son las letras;  me gusta que sea cumbia y próximamente será regional mexicano, porque [quienes lo escuchan] son las personas que necesitan reírse, que tienen una vida muy jodida y a ellos les compongo; a mí no me importa estar en el Vive Latino, no quiero que me quieran los intelectuales: quiero que me quieran los subordinados porque son los que necesitan letras distintas que hablan [de algo] más [que] del amor o el desamor”. De ello no me queda duda, de hecho, me encantaría ir a una fiesta de barrio en la que se bailara al ritmo de aquél sentido verso de “odio a mi jefe y matarlo yo quisiera”.

Pero, ¿se puede tener una propuesta irreverente y, al mismo tiempo, integrarse a la cultura de masas? “Mi música es comercial” –explica Amandititita-  “tiene un tinte social oculto, pero hay canciones comerciales con este pretexto entro y hablo de cosas importantes;  yo quiero sonar en la radio, y al mismo tiempo componer libremente, ¿será un sueño?” En este punto pienso en un caso quizá semejante: Botellita de Jerez,  que comenzó desafiando los límites de lo que se consideraba rock pero en un punto no pudo evitar caer en las garras de Luis de Llano. Recuerdo haber oído de Amandititita en programas de chismes, y recuerdo un video de su diario electrónico en el que decide cortar por lo sano con la televisora que hasta ese momento le había dado pantalla: Televisa. Cuando le pregunto acerca de su experiencia con los medios, recuerda cómo llegó a ese punto en su carrera:  “mira, a mí me mandaban y yo llegaba hasta ahí para hablar de mi música, pero en varias ocasiones sólo querían chistes y burla, entonces era terrible para mí. Yo me la pase muy mal y muy triste”.

Sin embargo, una ruptura de este tipo no es tan simple. El pasado viernes -¿o ya era sábado?- la situación estalló con un nuevo video de Amandititita en su canal personal de YouTube, en el que denunciaba las irregularidades de las que fue víctima en su todavía disquera. Además de carecer de apoyo para promocionar su material, existían contratos desfavorables para la cantante, que declaraba estar dispuesta a renunciar a su carrera musical, con tal de que la compañía le otorgara su carta de retiro. La compositora se manifestó que defenderá la libertad de expresión y, por supuesto, su propia integridad como artista y persona. Eso fue el inicio de la desigual lucha entre Amandititita y una disquerototota.

¿Cuál fue la raíz del conflicto? Según la anarcumbiera intelectual (como la califica Wikipedia), “que hago lo que me da la gana, compongo lo que quiero, con los músicos que quier, que no permito que nadie que no sea mi amigo y que yo admire me diga lo que tengo que hacer, no me dejo manejar y eso les resulta insoportable”. Cuando le pregunto qué hubiera esperado de su compañía disquera, responde: “una relación mas profesional, un manager que realmente se interesara en mí, menos comisiones y mas apoyo”. ¿Era mucho pedir? Posiblemente, sobre todo cuando pensamos que la industria del espectáculo en México se define por ganancias. ¿Una propuesta nueva reportaba tanto dinero como los artistas fabricados de siempre? Difícil saberlo, o imposible, mientras las disqueras y televisoras no apuesten por lo primero.

Aun así, Amanditita sabe que cuenta con el apoyo de otros medios: “[es] una lucha, pero yo cuento el apoyo de los periódicos Reforma El Universal y en New York Times han publicado notas buenas de mi trabajo; el Internet me ayuda y realmente los medios no son el problema, [sino] la manera en la que te manejas ante ellos”.

Lo que se avecina para la reina de la Anarcumbia no será fácil: al parecer, ya comienza el proceso legal y su separación de la graaaan transnacional es inminente, con todo lo que ello implica. A pesar de todo, ella se muestra optimista ante el futuro: “me veo feliz, es lo único que veo: haciendo canciones cuentos , dibujos… libremente, en medios de comunicación inteligentes; lo único que necesito es el apoyo de mis fans, que me sigan el twitter y en mi diario electrónico y ellos estarán conmigo en mi camino, viviendo el día a día”.

Los medios impresos, ¿deben morir?

Posteado en 7:43 pm | Categorias: Opinion Obrera

Es cierto que en cuanto algo nace lleva en sí mismo su propia muerte, sin embargo, es curioso que cuando se trata de fenómenos culturales -sean corrientes artísticas o civilizaciones enteras- nos apresuremos a anticipar el final. La idea del Apocalipsis es recurrente y ante los cambios, por mínimos que sean, creemos ver el signo de la desaparición. Sin embargo, los presagios suelen ser exagerados y erróneos; para muestra, dos botones: el rock -considerado una moda pasajera- y el PRI -que, mal que nos pese, sigue vivito y coleando-.

Puede suceder, eso sí, que surja algo nuevo que sustituya lo anterior, y es en este punto en el que quiero detenerme, aplicándolo a un caso particular: ¿realmente las nuevos soportes de la información reemplazarán a los antiguos? O, más específicamente, ¿los cibertextos terminarán por suplantar a los textos impresos?

Es probable que la mayoría responda inmediatamente que sí, que los tiempos han cambiado y hay que dar paso a la tecnología. Sin embargo, hay un par de cosas que no se han observado lo suficiente, y que podrían definir la permanencia del papel.

La primera es un detallito que a nadie se le había ocurrido: los medios impresos operaron durante mucho tiempo como modelos del uso lingüístico. Supongo que muchos hemos escuchado anécdotas de los viejos correctores de estilo, que tenían como Biblia el manual de su respectivo periódico o revista, que pernoctaban en las oficinas de la publicación luego de haber cumplido su labor, justo a tiempo para el cierre de la edición. Todos hemos visto, creo, alguna fe de erratas, en la que se ofrecía disculpas al lector por un error producto del descuido, que aunque ya estuviera publicado debía ser corregido.

Esto ya no sucede.

Los medios se han convertido en una fuente siemprecambiante y vertiginosa. No hay tiempo para elaborar una nota, lo que se necesita es el dato, la información inmediata. El lector se enfrenta  a la sobre-exposición textual sin reflexionar que no todo lo escrito es cierto o está necesariamente bien escrito. Si lo que urge es publicar una noticia cuanto antes, no habrá tiempo de revisarla realmente, y si se pierde cuando surge la nueva, tampoco vale la pena corregir los errores hallados a posteriori. Las nuevas generaciones adoptan lo que leen en Internet como modelo lingüístico sin reflexionar que la rapidez y la precisión nunca se han llevado bien.

El otro factor que creo que debería considerarse es mucho más cursi, pero no por ello menos poderoso. El papel y el monitor son experiencias distintas, y lo que no es equivalente no es intercambiable. No vale de nada encontrar la misma informacion en uno o en otro, son soportes distintos y experiencias distintas. Me parece sensato afirmar que la mayoría de los blogstars de hoy se entrenaron leyendo las revistas noventeras de moda, y que su aspiración blogueril también es un intento de incorporarse a ellas -hablando de los profesionales, no de quienes bloguean por afición-. ¿Qué decir de los libros, cuya naturaleza de objeto es inseparable de su contenido, más aún en el caso de la literatura?

Sé que suena retrógrada esta defensa de lo que ya parece obsoleto, pero la realidad es que el proceso editorial tradicional tiene una razón de ser, y no puede -ni intenta- competir con la vorágine de blogs, twitters y ediciones en línea. Creo que la única forma de mudarnos totalmente al planeta web será cuando este cuidado del texto sea parte de la vida virtual, o cuando todo lector cuente con una capacidad de discriminación de las formas y los contenidos que le permita cruzar el pantano sin mancharse.

Paté de Fuá y el rock de otros tiempos

Posteado en 11:26 pm | Categorias: Musica, Opinion Obrera

patedefuaDicen que no se puede ser fan y crítico a la vez. En este caso, me inclino por ser fan: Paté de Fuá es una de las mejores bandas en activo y el que me diga que no es que no los ha escuchado atentamente. Francamente, no recuerdo cómo empecé a escucharlos, pero sin duda fue por recomendación de alguien. Mi verdadero acercamiento vino de verlos en vivo, hace un año, en el Péndulo.

Digo que ese fue el verdadero acercamiento porque antes los conocía como a otro grupo de world music o algo semejante (Mandurrabia diría: de música de Horizonte 107.9). Ya me gustaban, cierto, pero lo que pueden hacer en directo es otra onda: el Yayo, vocalista y compositor, comenta las canciones, involucra al público, presenta a la banda… Es un rockstar. Sumado a ello, en su alineación está el que es, para mi gusto, el mejor bajista mexicano  de nuestro tiempo, cuyo performance es impecable musicalmente, pero también atrayente en otros sentidos: baila con el instrumento y muestra una comunión que sobrepasa el escenario. Contagia pasión, simplemente.

Contra las probabilidades, el espectáculo se sostuvo durante hora y media con repertorio de dos discos. Lo curioso es que sólo uno de ellos estaba a la venta, pero el público conocía muchos de los temas del siguiente material. ¿Cómo? Sencillo: los Patés son un ejemplo de promoción independiente. Itinerantes y todo-terrenos, tocan en librerías fresas, en foros como el Alicia, en el Lunario y en la UNAM; a veces uno paga 500 pesos por verlos, a veces uno se sienta en el pasto de una facultad y los disfruta sin pagar el alquiler. Intérpretes de música popular europea -releída, claro está-, su repertorio lleva en sí mismo la marca del viaje: las sonoridades italianas, argentinas, judías, gitanas y hasta españolas, con su buena dosis de dixieland. No podía ser de otro modo: Paté de Fuá es una banda errante, lo cual la aleja del elitismo que podríamos esperar de quienes interpretan música que, a pesar de haber pertenecido al pueblo en otros tiempos, ahora sirve para dárselas de intelectual, melómano y finolis. Así, los Patés le devuelven a esos géneros su vitalidad, su informalidad y su carácter lúdico: las letras hablan de la nostalgia que produce la visión de un supermercado en el viejo barrio, o de la justificación de los celos patológicos, al ritmo de una tarantela, un tango o un paso doble.pat_de_fu_el_tren_de_la_alegr_a_2009_

Una vez conversaba con una banda en un bar. Ellos hablaban de rock duro y yo de sones jarochos. Uno de ellos me sonrió muy quitado de la pena y me dijo una frase que he usado muchas veces desde entonces: todo es rocanrol. Paté de Fuá es la comprobación de ello: su primer disco, Música Moderna,  me prende tanto como uno de Led Zeppelin por su cadencia y vitalidad. El segundo -ahora sí a la venta-, llamado El tren de la alegría, no decepciona a quienes lo esperamos con tanto entusiasmo. Los Paté no tocan el rock de hoy, sino el que fuera rock en otros tiempos, y recuperan lo que antes lo hiciera popular, generando un sonido atemporal y accesible. Su música simplemente pone de buen humor. Además, el arte de sus discos consiente a los que aún veneramos dichos objetos: bonitas ilustraciones, un diseño amable, las letras de las canciones y una breve historia acerca de cada una. Se trata, todavía, de discos entendidos como experiencia, lo cual es de agradecer por ser algo cada vez menos común.

Se los advertí desde el principio: no se puede ser fan y crítico. Y yo soy fan de Paté de Fuá, muy fan. Si los ven anunciados en algún lugar aprovechen la oportunidad de sentirse en carnaval, en comarca antigua, en algún pobladito italiano, en barrio argentino, en una fiesta popular española… Les garantizo que lo van a disfrutar, que se van a prender y que pedirán más. Todo es rocanrol, ergo, es un hecho que los Paté tienen su grado de rockstarismo.

¿Quién puso el POP?

Posteado en 12:42 pm | Categorias: Musica, Opinion Obrera

popcorncultureclubanimatedEs extraño: de manera consciente o inconsciente construimos nuestra personalidad y en función del ella seleccionamos los signos que la representan. O los que queremos que la representen, que es lo mismo que al revés.

Lo anterior lo digo porque hay algo que nosotros relacionamos mucho con la manera en la que otros nos ven -y la manera en la que queremos que nos vean-: la música. No digan que no, en algún momento de nuestras vidas todos hemos tenido alguna filia inexplicable, un placer culpable y un pecado que esconder. ¿Esconder? Pues sí. Antes muertos que confesar que en el Ipod traemos la rola de Luismi de la noche, la playa, la lluvia y la malacopa.

Me llama la atención que los géneros musicales tienen ciertos estigmas. Si escuchas cumbias eres naco, si escuchas banda eres narco, si escuchas reguetón nunca brillarás en sociedad. Ah, pero eso sí: cualquiera de los que señalan a estos bárbaros del ritmo, a estos prófugos del distorsionador, es perfectamente capaz de ir a una fiesta, perder la cadenita y ponerse a bailar. Y voy a escribir en mi diario, auuuuuuuuuuu…

Pero hay un género que está peleado con casi cualquier cosa. Aunque está relacionado con un cierto estatus socioeconómico, con un tipo de personalidad o con una edad específica, he sido testigo de la discriminación que sufren sus seguidores. He sido testigo de que hasta en las prepas nice, señoras y señores, los adolescentes tienen pena de admitir que son poperos de corazón. Los mayores -y más altos- acusan a los demás; en tono de burla señalan a un inocente que se esconde entre los otros: “Miss, miss, a Fulanito le gusta RBD”. Los otros se ríen y yo compadezco a la víctima.

Sin embargo, eso es mucha hipocresía. Yo confieso abiertamente y sin tapujos -bajo mipopseudónimo, claro- que yo, sí, YO ESCUCHO POP. ¿Eso es malo? ¿Ofende a Dios? ¿Me condena a una eternidad en el infierno? No necesariamente, veamos por qué.

El pop es un género musical como cualquier otro. Menospreciado por los rockeros, diseccionado por los jazzistas, agredido por los blueseros (pero engendrado por todos ellos), ha sido uno de los más prolíficos, versátiles y resistentes. La persistencia del pop se debe, desde mi punto de vista, a dos razones fundamentales. La primera es que combina las bases rítimicas negras con las temáticas de la canción sentimental blanca: la herencia del rock y del blues queda descafeinada y adaptada a la expresión del crooner. ¿Lo mejor de dos mundos? Quizá no, pero sí lo más audible.

Quien menosprecia el pop lo hace porque tiene de él una imagen timbiricha y comercial, pero anula inmediatamente uno de los fenómenos musicales, culturales y mercadológicos más importantes de nuestra era, heredero de gran tradición y generador de cambios sustanciales en otros géneros. Es famosa la anécdota de Bruce Springsteen que, talentoso e independiente, no alcanzaba el reconocimiento hasta que su productor le dijo que compusiera algo que se pareciera a lo que sonaba en el radio. El Jefe relata que lo único que hizo fue sintonizar su radio, escuchar “Thriller”, de Michael Jackson, y luego componer “Born in the USA”, rola que lo catapultaría a la fama y modificaría la historia del rock norteamericano.

Entonces, ¿qué es el pop? ¿Hay buen pop? ¿Cuál es la frontera que lo separa de otros géneros? ¿Cuál es el diagnóstico del pop en español? De eso y más hablaremos en una serie de posts que se inaugura hoy, oh lectores.

Armambo/Armando: la crónica guacarroquera y la sátira en espejo

Posteado en 12:39 pm | Categorias: Opinion Obrera, literatura

portdaguacarroquerDe la poesía se espera lo sublime; de la tragedia, la íntima conmoción; de la novela, apenas lo posible; pero dentro de lo que entenderíamos por cómico cabe casi cualquier cosa. Las situaciones y personajes que nos mueven a la risa lo logran, precisamente, por ser los más humanos de la literatura (o del cine o de la tele, si es que el lector es moderno y gusta más de las imágenes que de las letras).

Esto viene a cuento porque la semana pasada leí el Diario Íntimo de un Guacarróquer, de Armando Vega-Gil. Lo había visto en la librería en la que paso las dos horas que tengo ahorcadas en mi jornada diaria, y no me había decidido a comprarlo por no sé qué extraño pudor o desconfianza. Sin embargo, seguía rondándolo sin poder hojearlo, pues el ejemplar estaba bien envuelto en su respectivo plastiquito de libro nuevo. La curiosidad me venció y lo adquirí, lo cual envió a la lista de espera a varias de mis lecturas presentes (entre ellas la historia del pop que escribió Nick Cohn, cuyo título no consigo reproducir, y Terapia, de Lodge, con el que llevo casi un año sin ir más allá de la mitad).

La novela de Vega-Gil me ganó desde la primera línea -y no de coca, aclaro, pues las primeras líneas aparecen después de la página ciento y pico-. Lo primero que me llamó la atención fue que había un manejo lúdico del lenguaje coloquial (vulgar para algunos, quizá), que le da su personalidad al libro. Por otra parte, la primera anécdota es totalmente fársica y me hizo soltar varias risas indiscretas que llamarnon la atención de la gente que tomaba sus capuchinos light en el cafecito que hay en la librería.

El planteamieto es original: un crítico de rock en busca de inspiración se encuentra con Armambo Güeva-Vil, ex-integrante de la Maquinita de Pachuca, un grupo de rock precursor del género en lengua mexicana -pues decir española sería una imprecisión-. El curioso personaje se encuentra en la más evidente decadencia física y moral, y accede a relatar sus memorias como guacarróquer a cambio de alcohol de ínfima calidad.

A partir de este momento comienza una doble observación: por una parte, el crítico ve desde fuera al decadente rockstar, y éste se observa en el pasado con un humor, pero también con cierta amargura. Tanto el crítico como el protagonista hacen burla de las aventuras y desventuras de los llamados “Maquinitos”, cuyas anécdotas nos mueven a risa en la mayoría de las ocasiones. Sin embargo, en paralelo se presentan, con lujo de mordacidad, todas las debilidades, vicios y contradicciones involucradas en el nacimiento de un grupo musical en un contexto determinado. Armambo se confiesa ignorante como músico, ambicioso, prepotente y hasta impotente; de paso, nos muestra con la misma crudeza los tropiezos de su banda, los manejos cuasimafiosos de la industria del espectáculo en México y las carencias de un público que tolera lo que no debe y ataca lo que no entiende. Así, lo que al principio fue gracioso de pronto adquiere la solemnidad que sólo puede tener lo risible; el autor no deja títere con cabeza, pero empieza consigo mismo: a la mitad del libro Güeva-Vil (”el Armiados”), interpela a quien lo entrevista, en lo que yo considero una recurso inteligente (además de un sacón de onda mayor): al finalizar su relato, le dice directamente “¿Cómo ves, Vega-Gil?” El autor se desdobla en el músico fracasado y en el crítico intolerante, y desde ambas perspectivas muestra un panorama deprimente -aunque cómico, insisto, como lo puede ser siempre la desgracia ajena-. El tono fársico, lejos de restarle profundidad a los temas, los remarca, y no le resta nada a nuestra indignación ante el maltrato de los policías a los jóvenes de baja extracción que van a un toquín, ante la manipulación política de los eventos culturales, ante los malos manejos de los mercenarios del rock o ante la simulación que supone ser una estrella más del canal de las estrellas. Además, el personaje habla también de sus crisis como individuo, del día que participó en un threesome con una top model y se dio cuenta de que “la belleza es una puta mentira, que la mentira es una belleza puta, que las putas son unas mentirosas bellas”.

Entonces, ¿qué es lo que representa este libro? ¿Es realidad o ficción? ¿Cómo es que no podemos evitar vernos reflejados, en un momento determinado, en algún personaje del relato? Novela o crónica, autobiografía o autocrítica, el Diario Íntimo de un Guacarroquer es, sin duda, un libro que atesorarán los fanáticos de la extinta revista Mosca, pero no sólo es eso. Es, además, un retrato de la realidad del país durante los últimos treinta años, desde otra perspectiva: la del rocanrol. Que sea un retrato al que se le pintaron bigotes es lo de menos: no deja de ser una representación muy fiel. Tanto que hace reír. Tanto que no hace reír.

Being Erica O La Take-That-Leap Attitude

Posteado en 11:28 am | Categorias: Caja idiota, Opinion Obrera

Recuerdo que cuando era niña veía una serie canadiense. Nunca entendí bien si era comedia o era drama, ni el nombre exacto, pero eran las aventuras de dos mejores amigas en su paso de la pubertad a la adolescencia. En ese entonces todas las chicas de la edad nos identificábamos con una o con la otra y teníamos en nuestra mejor amiga al complemento de la dupla. Yo era Buzzy y tenía a mi Amanda y no nos perdíamos el show, enfocado en las anécdotas típicas de la llamada edad de la punzada.

Traigo esto a cuento porque los canadienses no son precisamente reconocidos por su capacidad para hacer comedia, pero sí por lo impecables que pueden resultar sus programas, y por lo bien fundamentados que están desde una perspectiva psicológico-humanista. Pienso en un par de caricaturas, pienso en este programa de mi adolescencia (Ready or not, se llamaba) y ahora pienso en un nuevo show que me llama la atención: Being Erica.

“Es que soy yo”, dice el atrapado televidente. “Sí, eres tú”, pienso yo, “eres tú y cualquiera de tu generación, que padece temor al futuro, temor profesional, temor al compromiso, temor al autoconcepto…” Temor. Si su miedo es justificado o no es algo que rebasa este post, lo que me llama la atención es que los canadienses lo lograron de nuevo: tomaron unos buenos libros de psicología y crearon un personaje cuyas patologías son adecuadas para atrapar a un cierto target. Bandala dice que en cualquier reunión de su generación hay alguien en terapia, alguien divorciado y alguien que habla de caricaturas de antaño. Esta sitcom explota este recurso y nos muestra a una desubicada mujer que, cuando pierde el rumbo de su vida, cuenta con la ayuda de un terapeuta que la hace volver al pasado para retomar las lecciones no aprendidas. Al emplear un elemento que resulta cotidiano para la gente de treinta y algo, pareciera que la fórmula canadiense apostara mucho más a la identificación emotiva con la protagonista que al efecto cómico en sí.

Como podría esperarse, en ambos shows -Ready or not Being Erica- es muy claro el mensaje aspiracional, el consejo televisivo: para las pubertas era esperar, no tener miedo al cambio, vivir todo a su tiempo. Para los adultos contemporáneos es simplemente no frustrarse, seguir avanzando. Saltar. Me llama la atención que en todos los capítulos exista al menos alguna referencia a enfrentar un miedo que se relacione con el salto como metáfora del atrevimiento. Los canadienses pretenden animar a una generación paralizada a avanzar, a vivir, pues la siguiente ya viene empujándoles -o contagiándose de su miedo-.

La serie en sí no es mala. El caso es que resulta mucho más significativa para los que están en esa etapa o para los que ya pasaron por ella. Lo que me llama la atención es que está empleando todos los recursos de nuestros tiempos en favor de la verosimilitud: Erica Strange, el personaje principal, tiene su feisbuc, escribe -o narra- un videoblog y, en fin, es una adulta contemporánea en toda la extensión de la palabra. Un personaje muy logrado, cabe señalar, y una serie al alcance de todos, pues a través de los sitios de internet que la promocionan uno puede acceder a todos los capítulos de forma gratuita.

Muchos temas pueden surgir a partir de esto. ¿Qué papel ha t0mado la psicología en la vida cotidiana de nuestros tiempos? ¿Qué tan malinterpretada es? ¿Qué problemas produce esto? ¿Se acuerdan los tiempos de los abuelos en los que vivir sólo era vivir?

En fin, les dejo los links del programa por si les entró la curiosidad.

La página oficial, con el link para ver los episodios de la primera temporada:http://www.cbc.ca/beingerica/

La página en feisbuc: http://www.facebook.com/cbcbeingerica?ref=ps

El blog de Erica: http://www.beingerica.ca/

La tele en tiempos de crisis

Posteado en 10:35 am | Categorias: Caja idiota, Opinion Obrera

Hoy tomaba el café de la mañana, le hacía piojito a Nino y veía la tele: en el monitor una mujer hace una llamada para decirle a una madre divorciada que le ayudará a pagar sus deudas, aunque sea con una cantidad modesta. Luego, elige a alguien del público y le da dinero, sin que tenga que concursar, pues sabe que no tiene empleo. Hay gritos y lágrimas, hay agradecimiento, pero sobre todo, hay frases enfáticas y reveladoras. “Son tiempos difíciles, pero pronto todo será mejor”, dice la presentadora, cuidadosamente desaliñada, educadamente informal.

Ustedes pensarán que lo que yo veía eran las repeticiones de “Laura en América” o cualquiera de sus variantes. Si les dijera que no, insistirían en que, al menos, el show debe ser latinoamericano. Yo sonreiría y les respondería que mi asombro mañanero (junto con lágrimas que no pude reprimir porque a solas soy más cursi que de costumbre) fue producido por un programa norteamericano: The Ellen Degeneres Show.

ellen23“WHAAAAAAT?”, exclamarán ustedes, tan bilingües. Pues como lo oyen. Y yo no creo que sea una estrategia de rating. Lo que yo vi en la mañana fue, para mí, un signo de los tiempos que se viven. Si los gringos necesitan este tipo de programas, a nosotros, ¿quién podrá defendernos?

Lo curioso es que vi el show con cierto agrado. Vale la pena darle esperanza a la audiencia, pensé. Vale la pena prender la tele y encontrar a alguien que te da una palabra de aliento, y que le regala a quien lo necesita una cantidad simbólica. Sin embargo, de inmediato me pregunté si esa fórmula televisiva podría aplicarse en nuestro país. Me respondí categóricamente que no

“WHY NOOOOOOT?”, dirán ustedes, que sí fueron al Harmon Hall. Pues por una razón muy simple: en México toda beneficencia televisiva genera suspicacia. No puede ser de otra manera: el público televidente conoce cómo funcionan los mecanismos de poder en el ámbito de la comunicación. Cualquier intento de programa buena onda sería descalificado de inmediato, por provenir de donde seguramente provendría. Me pasa a mí con el Teletón, por ejemplo, que apoya una noble causa, sí, pero ¿a qué precio?

Ellen Degeneres es una comediante querida por el público americano. Fue, creo, la primera mujer en declararse lesbiana abiertamente, en su propio show de comedia. Los gringos no le agradecieron tanto la apertura como la honestidad, y desde entonces Ellen ha mantenido su lugar entre los consentidos del público gringo. Su caridad y sus palabras de esperanza son creíbles y aceptadas porque vienen de alguien en quien se puede confiar. No hay atole con el dedo y, como se sabe, para los norteamericanos eso es fundamental: la ley es la ley, fair is fair.

A nuestra América -la Latina- no le ha quedado ni eso. Recibimos palabras de gente con mucha cola que le pisen, ¿cómo sacar de ello la esperanza que necesitamos? ¿Con qué autoridad moral puede Gloria Trevi decirnos que no tengamos miedo, que hagamos lo que siempre hemos hecho, cuando a nadie le queda totalmente claro cuál fue su grado de responsabilidad en los hechos que la llevaron a prisión? Eso es sólo un ejemplo: lamentablemente, los paladines televisivos sonríen y nos chulean -”señora bonita”, “gran familia mexicana”- pero nos desprecian y nos dan la espalda, se burlan de nosotros, nos venden cosas en las que no creen, nos ridiculizan con parodias siempre crueles y hacen todo por distinguirse de nosotros. A pesar de eso, luego quieren decirnos qué hacer con nuestro cuerpo o por quién votar. Y por si fuera poco, vigilan tan poco sus propias conductas que tenemos que enterarnos después de su propia falta de civismo: los vemos en revistas después de iniciar peleas callejeras o al fallar la prueba del alcoholímetro o el antidopping.

Hoy veía a Ellen dar dinero desde un programa del que ella misma es productora y pensaba “¡qué bueno sería tener en la tele una fuente de esperanza en estos tiempos tan caóticos!” Después reflexioné y creo que me conformaría con tener una tele honesta y bien hecha, aunque no me hablara bonito, aunque no me regalara nada. Los gringos, en su crisis, están respaldados por todos los frentes. A nosotros, mexicanos en particular y latinos en general, nos ataca hasta la televisión.

Caja inteligente / caja idiota

Posteado en 2:50 pm | Categorias: Caja idiota, Opinion Obrera

TV:Braindwahsed, Aaron Escobar™

Foto: TV; “Brainwashed”Aaron Escobar™

Llegué a mi casa en lunes. El domingo siguiente ya había contratado el servicio de televisión por cable –ése, el que trae también el interné-. Antes me daba pena confesarlo pero ya no: soy adicta a la televisión.

No es tan malo como suena: si en la Antigüedad la presencia del fuego hacía de la casa un hogar ahora nosotros, los modernos (¿o será más exacto decir posmodernos?) necesitamos, en nuestras casas, más de un corazón: el teléfono, el radio, la tele y la computadora. Yo no puedo cocinar sin música y no puedo irme a dormir sin ver alguna serie. No creo que haya alguien capaz de desayunar sin ver las noticias.

(Claaaaaaaaaaaaaaro, hablo de uno que es pequeño burgués. Sé bien que hay en mi país gente que no sólo no ve las noticias, sino que ni siquiera desayuna.)

Si lo que acabo de decir le parece a alguien la confesión de un placer culpable es, sin duda, debido a la pésima calidad de la televisión abierta mexicana. La comercial, quiero decir, pues más de una vez me he quitado el sombrero ante las producciones de los canales 11 y 22, aunque, ejem, también han aflojado un poco a últimas fechas.

¿La tele es de verdad idiota e idiotizante? ¿Es del diablo? ¿O será sólo que está mal empleada? Quizá un poco de todas o quizá ninguna de las anteriores: las respuestas a estas preguntas tienen muchos matices.

La tele no es idiota. No lo fue en su origen, al menos. A mí, personalmente, aún me maravilla el fenómeno creativo que está detrás de ella. ¿Y entonces? Muy simple: si antes la tele era información y entretenimiento subsidiado a través de la publicidad, ahora el comercio lo ha devorado todo, haciéndola, a veces, insoportable. (A las pruebas me remito: ver televisión de paga aún es agradable y uno la consume huyendo de los cada vez más extensos comerciales.)

Eso no ha sido todo: por alguna razón que no alcanzo a comprender, la tele se ha venido repitiendo a sí misma desde que yo me acuerdo (es decir, desde la era de los medios analógicos: los 80’s). Al principio era muy claro que se trataba sólo de retransmisiones, pero luego vino la fiebre de los remakes y, ahora, la de los formatos. Durante los cinco meses que estuve en Australia no extrañé la tele mexicana porque todos sus programas estaban allí: los gorditos que bajan de peso y lloran mucho mientras lo logran, los bailarines que compiten con números montados en una semana, las absurdas telenovelas y las series de moda (gringas, claro): Two and a half men y House.

Aquí surge otro tema: no tiene la culpa el indio sino el que lo hace compadre, y la tele es así porque tiene millones de fieles que no le piden que cambie, sino que la aceptan tal y como es (cualquier semejanza con el PRI habrá discutirse en otro post).

Pero, ¿el público realmente está tan feliz de que lo traten como tonto o consume la televisión abierta porque no le queda otra alternativa? Aunque nadie me lo ha preguntado, lo responderé: me inclino por la segunda opción. El profesor forma a su alumno, el periodista, a su lector y las televisoras a sus televidentes.

¿Qué se necesita para tener una televisión mexicana de calidad? Son varias cosas, pero creo que la primera de ellas es dejar de abusar de la ley del menor esfuerzo. Hace falta que los creativos de las dos grandes empresas de televisión comercial produzcan algo original. Ni siquiera tiene que ser innovador, basta con que no sea una copia de la copia de la copia de la copia de… Bueno, creo que ya entendieron.

También se agradecería que la gente que trabaja en tele supiera lo que está haciendo. ¿De qué4 sirve que Ciencias de la Comunicación sea una carrera tan saturada si lo único que produce son desempleados? En este país, casi todo el mundo hace algo para lo que no estudió y los resultados saltan a la vista. México necesita aprender a valerse de sus profesionales y dejar de tener pasantes presidentes. Perdón, ya me volví a salir del tema.

Finalmente, y sin afán de justificar mi afición, diré que yo veo en la televisión un maravilloso recurso didáctico. Eso no quiere decir que todos los canales deban ser como de telesecundaria. Sin embargo, pensemos por un momento en la capacidad de difusión e influencia que tiene ese inocente aparatito. Para convertirlo en algo valioso bastaría con dotarla de contenidos serios. Quizá no me lo crean, pero hasta la serie gringa más boba tiene detrás de sí al menos un poco investigación acerca de los temas que toca y de la estructura del formato. Por eso la tele americana vende bien y sigue siendo un modelo a seguir. ¿Será que en México podemos tomarnos un poco más en serio la labor de hacer la tele? ¿Será que se puede convertir en algo dulce y útil? Yo creo que sí, que se puede, pero no sé si se quiere.

Of mice and men: ¿un libro perfecto?

Posteado en 10:14 am | Categorias: Opinion Obrera, literatura

miceandmenReconozco que no había leído a Steinbeck lo suficiente. Acaso su recopilación del ciclo artúrico –apenas amenita- y ya. Aún así, confieso que para mí los escritores ganan respetabilidad por su capacidad de crear títulos potentes, en los que uno crea adivinar la conmoción que generará el libro en total. Al encontrar, en la librería, el tomo delgadito y pequeño de Of mice and men, me pareció que Steinbeck prometía algo. Vi la portada y me gustó el diseño; además, en ella aparecía un respaldo de autoridad: la opinión de Nick Hornby sobre la novela: “such a perfect book”.

(Cabe señalar que Hornby no es un graaaaaaaaaaaaaaan escritor, pero sí es un escritor comercial y los escritores comerciales saben mucho de pulcritud novelística. Además, Hornby ha logrado algo que pocos pueden presumir: escribir tramas completamente cursis, pero con un tono tan sutil que los lectores rudos rudos rudísimos pueden leer sus novelas sin sentir culpa ni complejo.)

La verdad es que compré Of mice and men y no The grapes of wrath por la combinación de los tres factores anteriores. Y, de alguna manera, no hay decepción: el libro es tan denso, concreto y sencillo que no cabe lugar para que uno sienta que hay un cabo suelto, que se pierde el tono, que la trama decepciona. Si la perfección radica en que no haya nada qué suprimir, podemos coincidir con Hornby: Of mice and men es un libro perfecto.

La historia es simple, y se relaciona también con el sueño americano, pero en un sentido mucho más universal, más amplio: dos chicos viajan juntos y trabajan como peones en el campo estadounidense, con la única ilusión de tener una casa donde su trabajo no alimentara a nadie más que a ellos, y donde pudieran tener conejitos y comer y salir de vez en cuando. En el libro conmueve el muestrario de personajes, representantes del género humano y sus flaquezas, pero también de su dolor y su soledad.

Hay tres cosas que hacen que este libro sea una novela sobresaliente. La primera de ella son las poderosas imágenes que se capturan en unas pocas palabras: las frases de Steinbeck son precisas y tajantes, pero en ellas cabe todo: desde la acción que toma lugar en un momento dado, hasta el ambiente en el que ocurre e incluso el carácter de los personajes. En ese sentido, hay una economía muy peculiar: no basta con hacer saltos temporales simples como “pasó el tiempo”, sino que se dota a ese salto de una caracterización, se le pinta de un color, se le da un significado. Después de lo que podríamos considerar un asesinato imprudencial, el criminal escapa y lo que Steinbeck nos dice es tan elocuente que genera un suspenso muy particular: no sólo pasó el tiempo, sino que pasó como a veces pasa, y de inmediato nos familiariza con la sensación de que las tragedias tienen un tiempo distinto, un transcurrir ajeno, un aire que les es particular. Steinbeck narra cosas terribles con una simpleza que las recrudece: en eso radica la conmoción del desenlace.

El segundo aspecto que me llamó la atención es la capacidad del autor de dotar a sus personajes –gringos sureños y pobres- de un registro lingüístico totalmente adecuado: quiero decir que en las páginas de Steinbeck los sureños hablan como sureños, y las mujeres como mujeres, y las putas como putas, y los negros como negros… y todos estos discursos son filtrados por el tono neutral del narrador. El problema vendrá, supongo, al traducir el libro al español, pues es imposible mantener estas formas de hablar, estos “calós”, si se quiere. Sería interesante comparar la versión del libro en español –sobre todo en español de España-. Si se les da el inglés, vale la pena leer el libro en línea, aunque de pronto tanto localismo y la ruptura de la gramaticalidad le pueden estorbar a uno como lector-no-nativo, pero ¿qué rayos? No hay prisa, y al final se agradece bastante.

Finalmente, lo que sostiene el libro, en general, es la construcción de los personajes. Apenas unas pinceladas y los vemos con claridad. Todos son distintos entre sí. Sin embargo, basta que hablen, que miren, que se queden callados y escuchen un disparo en la oscuridad, que se acerquen sospechosamente o que amenacen a otros… En sus palabras y acciones construyen la historia y, dentro de ella, se igualan. El negro lo dice muy bien: todos soñamos con un pedazo de tierra, todos necesitamos hablar con alguien de vez en cuando. Al final, resulta que en el fondo nadie es distinto al otro, pero también resulta que hay hombres que no son buenos para sí mismos, que hay hombres que intentan y nunca logran, que hay hombres que simplemente hacen lo que tienen que hacer. El sueño, el hombre, las circunstancias… Un tono perfecto, una trama bien sencilla, imágenes poderosas, personajes memorables… El equilibrio entre la inocencia y la malicia, la fuerza y la debilidad, la esperanza y la desolación. Quizá Hornby tiene toda la razón: muy probablemente Of mice and men es un libro perfecto

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