El Bicentenario: la rentabilidad de la Historia Nacional
Posteado en 1:14 pm | Categorias: Opinion Obrera
No sé ustedes, pero yo me declaro harta: ahora resulta que todo, absolutamente todo, es conmemorativo de los Centenarios. Con nuestra independencia declarada pero con una identidad no resuelta, con nuestra revolución inconclusa y millones de estómagos tan vacíos como hace cien años, al licenciado que trabaja de presidente se le
ocurre que tenemos mucho que celebrar.
Lo curioso es que, en uno de los sexenios más sangrientos, inestables y carentes de nuestro país, el presupuesto destinado a estas celebraciones no revela nuestra realidad. Dudo mucho que en los países de primer mundo existan gastos semejantes. Claro, ellos no tienen nada que demostrar. Y al sr. Calderón, tan conmemorativo, no le falta nada: tiene su guerra intestina y su fiestita absurda, como su antecesor directo, Dn. Porfirio (aunque la comparación no cabe, pues el General tiene otros méritos).
Evidentemente, todo el mundo está haciendo su agosto. La celebración se convierte en pretexto, en capital político, en estrategia de marketing y en distractor. Hay que ver el fútbol -doscientos años después México le concede a España la revancha-; hay que coleccionar las monedas de héroes desconocidos u olvidados; hay que inaugurar obras inútiles y mal planificadas y, por supuesto, no hay nada mejor para celebrar nuestra mexicanidad que comprar un automóvil alemán. Nuestro país está de fiesta… ¿cómo se irá a poner la cruda?
Pequeña y gran literatura
Posteado en 9:15 pm | Categorias: Opinion Obrera, incultura, literatura
Hay muchos tipos de libros: graciosos, entretenidos, conmovedores, tristes, eficientes, transgresores, originales, clásicos… Hay libros que se leen y no se comprenden. Hay libros que se escriben para vender.
Pensaba en esto porque leí, consecutivamente, Mil grullas y Sputnik, mi amor. Se trata de dos novelas de autores japoneses. El primero, Kawabata, recibió el premio Nobel, pero no goza de gran celebridad. El segundo, Murakami, es el autor de moda.
Ante la primera novela viví el asombro: cada palabra estaba cargada de intención, la anécdota era lo de menos en una historia basada en la belleza de los instantes. Con Murakami nunca logré conectarme: los artificios eran tan obvios que yo no podía evitar la distancia crítica: veía, por ejemplo, que tiene sus propios lugares comunes (la relación lésbica, el soft-porn, el amor imposible, la intención de crear personajes extravagantes con los que los lectores hipsters quieran identificarse). De momento pensé que Murakami es, quizá, un autor que se pasará el resto de su vida queriendo calcar sus primeras letras. Eso no le resta celebridad, del mismo modo que a Kawabata, su capacidad para escribir una obra de arte no le gana el favor del público.
Sin embargo, Murakami representa al escritor que se rebela ante la literatura. Al que escribe con eficiencia, para vender y, a pesar de ello, se da el lujo de parecer un literato con manías, con voz propia e intención estética particular. Y es que estamos en la era de la pequeña literatura. La otra, la de verdad, parece snob.
Es posible que se necesiten estos contadores de historias. No niego que son entretenidos. Sólo quisiera saber si existe alguien tan notado como Murakami, que sea realmente el autor de nuestro tiempo. Muchos están escribiendo libros, pero, ¿quién está haciendo literatura?
Pregunto muy en serio, ¿quién?
La novísima mulata de Córdoba
Posteado en 9:17 pm | Categorias: Cuento
(A Raymundo Ramos)
La conoció en Catemaco: bailaba dislocada al ritmo de los tambores y cantaba los rezos de no sé que dios del rayo. Sabía que la quería ya, ahí mismo, y le envidió la hechicería y los poderes que el pueblo entero le achacaba.
- Vente a vivir a mi casa, negra.
Y la negra para allá fue.
Pasaron los años de baile y tambores. Aquellos rezos exóticos se transformaron en peroratas: que si el santo no se toca, que si no hay que comer calabaza, que si hoy no y mañana tampoco porque en días de brujear no se puede.
La castidad tiene algo que se va acumulando en la sangre, hasta que revienta. Una noche las venas le estallaron y a oscuras le cayó encima: a besos y mordiscos quería tener a la negra, comerla de a poco. La furiosa exploración no tardó en dirigirse hacia el sur. En el sabor de sus muslos y en la sal de su agua estaba toda ella: la que alguna vez deseó instantáneamente. Era el paraíso conocido y reencontrado. De pronto, un sabor desconocido: sintió entre los dientes un trozo incógnito:
- ¿Qué es esto, Negra?
- Yerba ripiá.
- ¿Para qué?
- Es que ayer me leí las cartas y sabía que ibas a querer mujer hoy.
- ¿Y la yerba?
- Es de un baño que me preparé para caer encinta.
Desnudo se acercó al muro y tomó un trozo de tiza, pero como no sabía dibujar se conformó con el abrigo y las llaves del automóvil.
Mil grullas, de Yasunari Kawabata: la contemplación como ejercicio
Posteado en 8:48 pm | Categorias: literatura
Las culturas orientales practican cotidianamente la paciencia que nos falta a los occidentales. Han sido capaces de asimilar las nuevas tecnologías, los adelantos científicos, las innovaciones estéticas… En muchos sentidos van, incluso, un paso adelante. Aun así, han sabido mantener una calma indescriptible, difícil de comprender: hay que ver los extensos jardines de guijarros que hay en los templos budistas, o las fuentes, o los bosques. Para saber que el tiempo se puede comprender de maneras muy distintas hay que ver las altísimas escaleras que llevan a una pagoda (en las grandes ciudades ya casi no hay escaleras: todo es eléctrico y automático; ¿a dónde va todo ese tiempo que ya no usamos para subir escalón por escalón?).
Si alguien no sabe esto, no puede comprender Mil grullas. Es una novela, sí, pero no como cualquier otra: mientras que el lector occidental espera que sucesos y peripecias construyan una trama interesante, o que la psicología de un personaje lo conmueva y avasalle, lo que Kawabata produce no hará sino sorprenderlo. Pocas cosas suceden en este libro, poquísimas. A veces el tiempo se detiene o, mejor dicho, se suspende, para ceder el foco al puro ejercicio de la contemplación. Mil grullas está constituido por pañuelos de seda, jarrones antiguos, tazones para té, cuerpos de mujer, cicatrices y rostros que encierran un misterio o un pesar. Se insinúa apenas un conflicto, se dan algunos antecedentes, se presenta con un par de trazos una acción… De pronto, y sin poder percibirlo, la lentitud del tiempo y la belleza de los objetos y las tradiciones lo abarcan todo. Los pensamientos y las emociones se nombran en una palabra o dos y, de este modo, adquieren un sentido excepcional. Se vuelven, diríamos, casi tan palpables como las cosas mismas.
Claro que hay que tener en cuenta todo un mundo: los conceptos de honor, tradición y moralidad de la cultura japonesa no necesariamente son iguales a los nuestros. El peso de cada palabra de Kawabata está dado por siglos de tradición. Sin embargo, Mil grullas es un libro entrañable por lo que describe y evoca. Más allá de nuestra efímera percepción.
High fidelity: madurez, amor y música pop
Posteado en 5:34 pm | Categorias: Fabrica de mitos

No referiré aquí a los expertos, aunque podríamos citar a varios (de Rousseau a Freud, de Foucault a Marcuse); lo que quiero decir es que todos los estadios de nuestra vida no son sino constructos culturales. Ayer yo cantaba “métete Teté, que te metas Teté” ante la mirada extrañada de una amiga que me recordó algo que se me olvidaba: ella no fue niña en México sino en Cuba. No es lo mismo, aunque se pudiera pensar.
Aunque nosotros creemos que nuestra biografía es personal, debemos admitir que en alto grado está determinada por los constructos a los que me refería. Sabemos que somos felices en la medida en la que nuestra vida se parece a los comerciales. Cada ámbito humano está sometido a estándares, lo queramos o no.
El amor no podía ser la excepción. No por nada hay un clásico del american songbookque dice que cuando el amor verdadero al fin ha llegado la vida es como una canción (Cfr. Etta James “At last”). Y con toda es información enfrentamos lo cotidiano: llenos de expectativas irrealizables que nos confunden y esclavizan.
High fidelity, de Nick Hornby, es una novela de iniciación del hombre contemporáneo; la anécdota es un rito de pasaje de la niñez a la edad adulta. El protagonista es Rob, un tipo común y corriente, inglés y melómano. Suena simple, pero no lo es. El libro de Hornby tiene permanencia y debería ser más leído por muchas razones, pero me concentraré en tres.
La primera de ellas es que Rob es un personaje absurdo. Gracias a eso, la novela está dotada de anécdotas originales, brillantes y, claro, dolorosas. Reímos entre lágrimas al vernos retratados en un hombre de treinta y tantos que ha caído en el abismo creado por sus expectativas y el mundo concreto. Rob no sabe si está enamorado, no sabe si ya es un adulto, no sabe si es feliz y no sabe cómo resolver nada de eso. Además, él mismo narra su historia, con falsa solemnidad pero también con crudeza. A ratos nos burlamos de él, a ratos nos identificamos, y por momentos él nos confronta directamente: cuando ha dicho alguna tontería que hace, piensa o siente, de inmediato nos recuerda que nosotros no somos distintos. Rob es un renegado, pero ante todo es un cobarde. No exagero si digo que cualquiera es Rob, es decir, que todos lo somos.
Si en los textos griegos y medievales los valores que necesitaba un hombre para considerarse como tal estaban claros y los individuos aspiraban a poseerlos, en la era contemporánea esto es distinto. Las nociones se han perdido, las fronteras no son claras y nadie está ansioso por alcanzar la madurez. Nadie quiere estar seguro de quién es o de qué es su vida. La adolescencia es una era dorada perpetuada por la estética de la duda. Rob no quiere renunciar a esta edad de la inocencia maliciosa, pero no puede dejar de sentirse aprisionado por ella. En ello radica su conflicto. Pensemos ahora que esta angustia existencial de nuestro tiempo está retratada con un humor inglés impecable -aunque sea pleonasmo-. Hornby equilibra forma y fondo: habla de lo profundo con ligereza, mueve a risa sin perder de vista lo esencial.
He dejado para el final la razón más evidente por la que High fidelity no carece de celebridad: el soundtrack. La novela está plagada de referencias a la música y, en general, a la cultura pop contemporánea. Hacer la ruta musical junto con el protagonista hace de ella una experiencia hipertextual que cualquier melómano agradece.
El gran punto en contra del libro es que no es fácil de conseguir. La traducción de Anagrama cuesta en México 350 del águila y pierde mucho del humor original. Conseguirlo en inglés es posible a través de amazon.com, a un precio no tan descabellado.
Sé que Hornby es un escritor hipster -en la acepción que tiene esta palabra en estos días-, y que sus novelas se han convertido en películas taquilleras y lacrimógenas, y que es comercial y descafeinado. Sin embargo, su prosa es inteligente e ingeniosa, y eso es mucho más de lo que se puede decir de muchos que sí se creen literatos actualmente. Hornby es un escritor eficiente y su libro -ahora lo entiendo- le puede decir mucho más a un lector contemporáneo que la mismísima Ilíada (hablo de un lector promedio). Y si nada de eso los convence, qué diablos, no lo lean. Yo sabré lo que se habrán perdido.
La historia de Amandititita vs. Disquerototota
Posteado en 4:48 pm | Categorias: Musica, Opinion Obrera
Si alguien escribe sobre mitos urbanos, ésa es precisamente Amandititita: en su repertorio desfilan la Mataviejitas, los personajes de la vida cotidiana y las celebrities región 4 que fabrica nuestra televisión. Aunque sus letras remiten a algunos de los creadores que ella misma reconoce como sus influencias directas – Jaime López, Silvio Rodríguez, La Maldita, el escritor Guillermo Fadanelli y Rockdrigo-, no sólo por el uso del lenguaje coloquial, sino por la crítica manifiesta a ciertos modos sociales, era curioso notar que sus canciones eran tomadas como una broma más que como una burla. De alguna manera, cuando yo escuchaba a la gente referirse a las rolas de Amandititita, me daba la impresión de que se reían de un chiste que realmente no estaban entendiendo.
Volví a pensar en ello cuando la veía promocionar su tono de celular, y cuando la vi asistir a ciertos programas de Televisa, donde era, el mejor de los casos, entrevistada torpemente (en el peor, simplemente ignorada). Por un momento no supe cómo interpretar las cosas, ¿sería posible que Amanditita fuera un producto más de la televisora y, a la vez, cantara burlonamente que no podía serlo? ¿O sería tal vez que hay compromisos que no se pueden eludir una vez que uno le ha vendido su alma a una transnacional? Esta disyuntiva no podía perdurar demasiado, como explica la propia compositora: “fue muy desafortunado para mí la mercadotenia que me dieron, me lastimó verme entre la mierda y ahora estoy tratando de remediarlo , por lo que estoy en una fuerte demanda con SONY”.
Mi pregunta era, ¿qué es realmente la anarcumbia? ¿Una forma de entretenimiento, una crítica? ¿Ambas? La propia reina me explica cuáles eran sus verdaderas intenciones: “la música es un pretexto, lo que importa son las letras; me gusta que sea cumbia y próximamente será regional mexicano, porque [quienes lo escuchan] son las personas que necesitan reírse, que tienen una vida muy jodida y a ellos les compongo; a mí no me importa estar en el Vive Latino, no quiero que me quieran los intelectuales: quiero que me quieran los subordinados porque son los que necesitan letras distintas que hablan [de algo] más [que] del amor o el desamor”. De ello no me queda duda, de hecho, me encantaría ir a una fiesta de barrio en la que se bailara al ritmo de aquél sentido verso de “odio a mi jefe y matarlo yo quisiera”.
Pero, ¿se puede tener una propuesta irreverente y, al mismo tiempo, integrarse a la cultura de masas? “Mi música es comercial” –explica Amandititita- “tiene un tinte social oculto, pero hay canciones comerciales con este pretexto entro y hablo de cosas importantes; yo quiero sonar en la radio, y al mismo tiempo componer libremente, ¿será un sueño?” En este punto pienso en un caso quizá semejante: Botellita de Jerez, que comenzó desafiando los límites de lo que se consideraba rock pero en un punto no pudo evitar caer en las garras de Luis de Llano. Recuerdo haber oído de Amandititita en programas de chismes, y recuerdo un video de su diario electrónico en el que decide cortar por lo sano con la televisora que hasta ese momento le había dado pantalla: Televisa. Cuando le pregunto acerca de su experiencia con los medios, recuerda cómo llegó a ese punto en su carrera: “mira, a mí me mandaban y yo llegaba hasta ahí para hablar de mi música, pero en varias ocasiones sólo querían chistes y burla, entonces era terrible para mí. Yo me la pase muy mal y muy triste”.
Sin embargo, una ruptura de este tipo no es tan simple. El pasado viernes -¿o ya era sábado?- la situación estalló con un nuevo video de Amandititita en su canal personal de YouTube, en el que denunciaba las irregularidades de las que fue víctima en su todavía disquera. Además de carecer de apoyo para promocionar su material, existían contratos desfavorables para la cantante, que declaraba estar dispuesta a renunciar a su carrera musical, con tal de que la compañía le otorgara su carta de retiro. La compositora se manifestó que defenderá la libertad de expresión y, por supuesto, su propia integridad como artista y persona. Eso fue el inicio de la desigual lucha entre Amandititita y una disquerototota.
¿Cuál fue la raíz del conflicto? Según la anarcumbiera intelectual (como la califica Wikipedia), “que hago lo que me da la gana, compongo lo que quiero, con los músicos que quier, que no permito que nadie que no sea mi amigo y que yo admire me diga lo que tengo que hacer, no me dejo manejar y eso les resulta insoportable”. Cuando le pregunto qué hubiera esperado de su compañía disquera, responde: “una relación mas profesional, un manager que realmente se interesara en mí, menos comisiones y mas apoyo”. ¿Era mucho pedir? Posiblemente, sobre todo cuando pensamos que la industria del espectáculo en México se define por ganancias. ¿Una propuesta nueva reportaba tanto dinero como los artistas fabricados de siempre? Difícil saberlo, o imposible, mientras las disqueras y televisoras no apuesten por lo primero.
Aun así, Amanditita sabe que cuenta con el apoyo de otros medios: “[es] una lucha, pero yo cuento el apoyo de los periódicos Reforma , El Universal y en New York Times han publicado notas buenas de mi trabajo; el Internet me ayuda y realmente los medios no son el problema, [sino] la manera en la que te manejas ante ellos”.
Lo que se avecina para la reina de la Anarcumbia no será fácil: al parecer, ya comienza el proceso legal y su separación de la graaaan transnacional es inminente, con todo lo que ello implica. A pesar de todo, ella se muestra optimista ante el futuro: “me veo feliz, es lo único que veo: haciendo canciones cuentos , dibujos… libremente, en medios de comunicación inteligentes; lo único que necesito es el apoyo de mis fans, que me sigan el twitter y en mi diario electrónico y ellos estarán conmigo en mi camino, viviendo el día a día”.
Los medios impresos, ¿deben morir?
Posteado en 7:43 pm | Categorias: Opinion Obrera
Es cierto que en cuanto algo nace lleva en sí mismo su propia muerte, sin embargo, es curioso que cuando se trata de fenómenos culturales -sean corrientes artísticas o civilizaciones enteras- nos apresuremos a anticipar el final. La idea del Apocalipsis es recurrente y ante los cambios, por mínimos que sean, creemos ver el signo de la desaparición. Sin embargo, los presagios suelen ser exagerados y erróneos; para muestra, dos botones: el rock -considerado una moda pasajera- y el PRI -que, mal que nos pese, sigue vivito y coleando-.
Puede suceder, eso sí, que surja algo nuevo que sustituya lo anterior, y es en este punto en el que quiero detenerme, aplicándolo a un caso particular: ¿realmente las nuevos soportes de la información reemplazarán a los antiguos? O, más específicamente, ¿los cibertextos terminarán por suplantar a los textos impresos?
Es probable que la mayoría responda inmediatamente que sí, que los tiempos han cambiado y hay que dar paso a la tecnología. Sin embargo, hay un par de cosas que no se han observado lo suficiente, y que podrían definir la permanencia del papel.
La primera es un detallito que a nadie se le había ocurrido: los medios impresos operaron durante mucho tiempo como modelos del uso lingüístico. Supongo que muchos hemos escuchado anécdotas de los viejos correctores de estilo, que tenían como Biblia el manual de su respectivo periódico o revista, que pernoctaban en las oficinas de la publicación luego de haber cumplido su labor, justo a tiempo para el cierre de la edición. Todos hemos visto, creo, alguna fe de erratas, en la que se ofrecía disculpas al lector por un error producto del descuido, que aunque ya estuviera publicado debía ser corregido.
Esto ya no sucede.
Los medios se han convertido en una fuente siemprecambiante y vertiginosa. No hay tiempo para elaborar una nota, lo que se necesita es el dato, la información inmediata. El lector se enfrenta a la sobre-exposición textual sin reflexionar que no todo lo escrito es cierto o está necesariamente bien escrito. Si lo que urge es publicar una noticia cuanto antes, no habrá tiempo de revisarla realmente, y si se pierde cuando surge la nueva, tampoco vale la pena corregir los errores hallados a posteriori. Las nuevas generaciones adoptan lo que leen en Internet como modelo lingüístico sin reflexionar que la rapidez y la precisión nunca se han llevado bien.
El otro factor que creo que debería considerarse es mucho más cursi, pero no por ello menos poderoso. El papel y el monitor son experiencias distintas, y lo que no es equivalente no es intercambiable. No vale de nada encontrar la misma informacion en uno o en otro, son soportes distintos y experiencias distintas. Me parece sensato afirmar que la mayoría de los blogstars de hoy se entrenaron leyendo las revistas noventeras de moda, y que su aspiración blogueril también es un intento de incorporarse a ellas -hablando de los profesionales, no de quienes bloguean por afición-. ¿Qué decir de los libros, cuya naturaleza de objeto es inseparable de su contenido, más aún en el caso de la literatura?
Sé que suena retrógrada esta defensa de lo que ya parece obsoleto, pero la realidad es que el proceso editorial tradicional tiene una razón de ser, y no puede -ni intenta- competir con la vorágine de blogs, twitters y ediciones en línea. Creo que la única forma de mudarnos totalmente al planeta web será cuando este cuidado del texto sea parte de la vida virtual, o cuando todo lector cuente con una capacidad de discriminación de las formas y los contenidos que le permita cruzar el pantano sin mancharse.
Paté de Fuá y el rock de otros tiempos
Posteado en 11:26 pm | Categorias: Musica, Opinion Obrera
Dicen que no se puede ser fan y crítico a la vez. En este caso, me inclino por ser fan: Paté de Fuá es una de las mejores bandas en activo y el que me diga que no es que no los ha escuchado atentamente. Francamente, no recuerdo cómo empecé a escucharlos, pero sin duda fue por recomendación de alguien. Mi verdadero acercamiento vino de verlos en vivo, hace un año, en el Péndulo.
Digo que ese fue el verdadero acercamiento porque antes los conocía como a otro grupo de world music o algo semejante (Mandurrabia diría: de música de Horizonte 107.9). Ya me gustaban, cierto, pero lo que pueden hacer en directo es otra onda: el Yayo, vocalista y compositor, comenta las canciones, involucra al público, presenta a la banda… Es un rockstar. Sumado a ello, en su alineación está el que es, para mi gusto, el mejor bajista mexicano de nuestro tiempo, cuyo performance es impecable musicalmente, pero también atrayente en otros sentidos: baila con el instrumento y muestra una comunión que sobrepasa el escenario. Contagia pasión, simplemente.
Contra las probabilidades, el espectáculo se sostuvo durante hora y media con repertorio de dos discos. Lo curioso es que sólo uno de ellos estaba a la venta, pero el público conocía muchos de los temas del siguiente material. ¿Cómo? Sencillo: los Patés son un ejemplo de promoción independiente. Itinerantes y todo-terrenos, tocan en librerías fresas, en foros como el Alicia, en el Lunario y en la UNAM; a veces uno paga 500 pesos por verlos, a veces uno se sienta en el pasto de una facultad y los disfruta sin pagar el alquiler. Intérpretes de música popular europea -releída, claro está-, su repertorio lleva en sí mismo la marca del viaje: las sonoridades italianas, argentinas, judías, gitanas y hasta españolas, con su buena dosis de dixieland. No podía ser de otro modo: Paté de Fuá es una banda errante, lo cual la aleja del elitismo que podríamos esperar de quienes interpretan música que, a pesar de haber pertenecido al pueblo en otros tiempos, ahora sirve para dárselas de intelectual, melómano y finolis. Así, los Patés le devuelven a esos géneros su vitalidad, su informalidad y su carácter lúdico: las letras hablan de la nostalgia que produce la visión de un supermercado en el viejo barrio, o de la justificación de los celos patológicos, al ritmo de una tarantela, un tango o un paso doble.
Una vez conversaba con una banda en un bar. Ellos hablaban de rock duro y yo de sones jarochos. Uno de ellos me sonrió muy quitado de la pena y me dijo una frase que he usado muchas veces desde entonces: todo es rocanrol. Paté de Fuá es la comprobación de ello: su primer disco, Música Moderna, me prende tanto como uno de Led Zeppelin por su cadencia y vitalidad. El segundo -ahora sí a la venta-, llamado El tren de la alegría, no decepciona a quienes lo esperamos con tanto entusiasmo. Los Paté no tocan el rock de hoy, sino el que fuera rock en otros tiempos, y recuperan lo que antes lo hiciera popular, generando un sonido atemporal y accesible. Su música simplemente pone de buen humor. Además, el arte de sus discos consiente a los que aún veneramos dichos objetos: bonitas ilustraciones, un diseño amable, las letras de las canciones y una breve historia acerca de cada una. Se trata, todavía, de discos entendidos como experiencia, lo cual es de agradecer por ser algo cada vez menos común.
Se los advertí desde el principio: no se puede ser fan y crítico. Y yo soy fan de Paté de Fuá, muy fan. Si los ven anunciados en algún lugar aprovechen la oportunidad de sentirse en carnaval, en comarca antigua, en algún pobladito italiano, en barrio argentino, en una fiesta popular española… Les garantizo que lo van a disfrutar, que se van a prender y que pedirán más. Todo es rocanrol, ergo, es un hecho que los Paté tienen su grado de rockstarismo.
¿Quién puso el POP?
Posteado en 12:42 pm | Categorias: Musica, Opinion Obrera
Es extraño: de manera consciente o inconsciente construimos nuestra personalidad y en función del ella seleccionamos los signos que la representan. O los que queremos que la representen, que es lo mismo que al revés.
Lo anterior lo digo porque hay algo que nosotros relacionamos mucho con la manera en la que otros nos ven -y la manera en la que queremos que nos vean-: la música. No digan que no, en algún momento de nuestras vidas todos hemos tenido alguna filia inexplicable, un placer culpable y un pecado que esconder. ¿Esconder? Pues sí. Antes muertos que confesar que en el Ipod traemos la rola de Luismi de la noche, la playa, la lluvia y la malacopa.
Me llama la atención que los géneros musicales tienen ciertos estigmas. Si escuchas cumbias eres naco, si escuchas banda eres narco, si escuchas reguetón nunca brillarás en sociedad. Ah, pero eso sí: cualquiera de los que señalan a estos bárbaros del ritmo, a estos prófugos del distorsionador, es perfectamente capaz de ir a una fiesta, perder la cadenita y ponerse a bailar. Y voy a escribir en mi diario, auuuuuuuuuuu…
Pero hay un género que está peleado con casi cualquier cosa. Aunque está relacionado con un cierto estatus socioeconómico, con un tipo de personalidad o con una edad específica, he sido testigo de la discriminación que sufren sus seguidores. He sido testigo de que hasta en las prepas nice, señoras y señores, los adolescentes tienen pena de admitir que son poperos de corazón. Los mayores -y más altos- acusan a los demás; en tono de burla señalan a un inocente que se esconde entre los otros: “Miss, miss, a Fulanito le gusta RBD”. Los otros se ríen y yo compadezco a la víctima.
Sin embargo, eso es mucha hipocresía. Yo confieso abiertamente y sin tapujos -bajo mi
seudónimo, claro- que yo, sí, YO ESCUCHO POP. ¿Eso es malo? ¿Ofende a Dios? ¿Me condena a una eternidad en el infierno? No necesariamente, veamos por qué.
El pop es un género musical como cualquier otro. Menospreciado por los rockeros, diseccionado por los jazzistas, agredido por los blueseros (pero engendrado por todos ellos), ha sido uno de los más prolíficos, versátiles y resistentes. La persistencia del pop se debe, desde mi punto de vista, a dos razones fundamentales. La primera es que combina las bases rítimicas negras con las temáticas de la canción sentimental blanca: la herencia del rock y del blues queda descafeinada y adaptada a la expresión del crooner. ¿Lo mejor de dos mundos? Quizá no, pero sí lo más audible.
Quien menosprecia el pop lo hace porque tiene de él una imagen timbiricha y comercial, pero anula inmediatamente uno de los fenómenos musicales, culturales y mercadológicos más importantes de nuestra era, heredero de gran tradición y generador de cambios sustanciales en otros géneros. Es famosa la anécdota de Bruce Springsteen que, talentoso e independiente, no alcanzaba el reconocimiento hasta que su productor le dijo que compusiera algo que se pareciera a lo que sonaba en el radio. El Jefe relata que lo único que hizo fue sintonizar su radio, escuchar “Thriller”, de Michael Jackson, y luego componer “Born in the USA”, rola que lo catapultaría a la fama y modificaría la historia del rock norteamericano.
Entonces, ¿qué es el pop? ¿Hay buen pop? ¿Cuál es la frontera que lo separa de otros géneros? ¿Cuál es el diagnóstico del pop en español? De eso y más hablaremos en una serie de posts que se inaugura hoy, oh lectores.
Armambo/Armando: la crónica guacarroquera y la sátira en espejo
Posteado en 12:39 pm | Categorias: Opinion Obrera, literatura
De la poesía se espera lo sublime; de la tragedia, la íntima conmoción; de la novela, apenas lo posible; pero dentro de lo que entenderíamos por cómico cabe casi cualquier cosa. Las situaciones y personajes que nos mueven a la risa lo logran, precisamente, por ser los más humanos de la literatura (o del cine o de la tele, si es que el lector es moderno y gusta más de las imágenes que de las letras).
Esto viene a cuento porque la semana pasada leí el Diario Íntimo de un Guacarróquer, de Armando Vega-Gil. Lo había visto en la librería en la que paso las dos horas que tengo ahorcadas en mi jornada diaria, y no me había decidido a comprarlo por no sé qué extraño pudor o desconfianza. Sin embargo, seguía rondándolo sin poder hojearlo, pues el ejemplar estaba bien envuelto en su respectivo plastiquito de libro nuevo. La curiosidad me venció y lo adquirí, lo cual envió a la lista de espera a varias de mis lecturas presentes (entre ellas la historia del pop que escribió Nick Cohn, cuyo título no consigo reproducir, y Terapia, de Lodge, con el que llevo casi un año sin ir más allá de la mitad).
La novela de Vega-Gil me ganó desde la primera línea -y no de coca, aclaro, pues las primeras líneas aparecen después de la página ciento y pico-. Lo primero que me llamó la atención fue que había un manejo lúdico del lenguaje coloquial (vulgar para algunos, quizá), que le da su personalidad al libro. Por otra parte, la primera anécdota es totalmente fársica y me hizo soltar varias risas indiscretas que llamarnon la atención de la gente que tomaba sus capuchinos light en el cafecito que hay en la librería.
El planteamieto es original: un crítico de rock en busca de inspiración se encuentra con Armambo Güeva-Vil, ex-integrante de la Maquinita de Pachuca, un grupo de rock precursor del género en lengua mexicana -pues decir española sería una imprecisión-. El curioso personaje se encuentra en la más evidente decadencia física y moral, y accede a relatar sus memorias como guacarróquer a cambio de alcohol de ínfima calidad.
A partir de este momento comienza una doble observación: por una parte, el crítico ve desde fuera al decadente rockstar, y éste se observa en el pasado con un humor, pero también con cierta amargura. Tanto el crítico como el protagonista hacen burla de las aventuras y desventuras de los llamados “Maquinitos”, cuyas anécdotas nos mueven a risa en la mayoría de las ocasiones. Sin embargo, en paralelo se presentan, con lujo de mordacidad, todas las debilidades, vicios y contradicciones involucradas en el nacimiento de un grupo musical en un contexto determinado. Armambo se confiesa ignorante como músico, ambicioso, prepotente y hasta impotente; de paso, nos muestra con la misma crudeza los tropiezos de su banda, los manejos cuasimafiosos de la industria del espectáculo en México y las carencias de un público que tolera lo que no debe y ataca lo que no entiende. Así, lo que al principio fue gracioso de pronto adquiere la solemnidad que sólo puede tener lo risible; el autor no deja títere con cabeza, pero empieza consigo mismo: a la mitad del libro Güeva-Vil (”el Armiados”), interpela a quien lo entrevista, en lo que yo considero una recurso inteligente (además de un sacón de onda mayor): al finalizar su relato, le dice directamente “¿Cómo ves, Vega-Gil?” El autor se desdobla en el músico fracasado y en el crítico intolerante, y desde ambas perspectivas muestra un panorama deprimente -aunque cómico, insisto, como lo puede ser siempre la desgracia ajena-. El tono fársico, lejos de restarle profundidad a los temas, los remarca, y no le resta nada a nuestra indignación ante el maltrato de los policías a los jóvenes de baja extracción que van a un toquín, ante la manipulación política de los eventos culturales, ante los malos manejos de los mercenarios del rock o ante la simulación que supone ser una estrella más del canal de las estrellas. Además, el personaje habla también de sus crisis como individuo, del día que participó en un threesome con una top model y se dio cuenta de que “la belleza es una puta mentira, que la mentira es una belleza puta, que las putas son unas mentirosas bellas”.
Entonces, ¿qué es lo que representa este libro? ¿Es realidad o ficción? ¿Cómo es que no podemos evitar vernos reflejados, en un momento determinado, en algún personaje del relato? Novela o crónica, autobiografía o autocrítica, el Diario Íntimo de un Guacarroquer es, sin duda, un libro que atesorarán los fanáticos de la extinta revista Mosca, pero no sólo es eso. Es, además, un retrato de la realidad del país durante los últimos treinta años, desde otra perspectiva: la del rocanrol. Que sea un retrato al que se le pintaron bigotes es lo de menos: no deja de ser una representación muy fiel. Tanto que hace reír. Tanto que no hace reír.